Caras cuidadosamente afeitadas. Silencio de música de pisadas cadenciosas. Aromas de geles y de pasillos recién fregados. Luces fluorescentes de zumbido monótono. Un hombre con un portafolios negro brillante avanza con lentitud hacia los tornos del metro. Siente un codo que se le clava en el estómago. Delante de él, un viejo calvo de abrigo gris y bufanda de cuadros olvidados camina con obligada parsimonia. Saca de una carterita un billete de metro. El hombre del portafolios también extrae el suyo de un compartimiento de su billetero, justo al lado de las tarjetas bancarias. El viejo tiene dos grandes manchas marrones en la calva, como dos ojos implorantes dibujados en un globo abollado. La fila se frena. Un murmullo trepa como agua hirviendo. Alguien grita. Alguien varea su paraguas en alto. Alguien se cree enloquecer. Los guardias de seguridad salen de su cabina. Se escucha por fin el giro del torno que cae como una hoja de guillotina. La ola deforme continua. El billete de metro resbala de la mano del viejo. El hombre del portafolios se percata de ello. El viejo hurga en la ranura del torno. Busca en su carterita, explora sus bolsillos. La fila vuelve a frenarse. El viejo casi es ensartado en el tenedor de las barras de acero. Retrocede, se tambalea. Los guardias alzan la cabeza. El viejo rebota como una bola de pin-ball. El hombre del portafolios lo esquiva gracias a un ágil saltito. Inserta su billete y las barras ceden con amorosa gratitud. Los guardias agarran al viejo de la bufanda. Gritan, zarandean, clavan sus índices en el pecho del viejo. Sigue inquiriendo sus bolsillos, mira hacia el suelo con pavor. La sonrisa de los guardias amanece torva. El hombre del portafolios avanza por el pasillo, hacia el fondo oscuro. Se gira. El viejo huele el aliento a naranja agria de los guardias. El hombre del portafolios se detiene. En la empresa aguardan sus conclusiones. Los guardias sacan la porra. El viejo gatea.
El hombre volverá, cruzará el torno de salida. Los guardias le mirarán de arriba abajo, inquisitorialmente. El hombre dirá que vio cómo se caía el billete. El viejo seguirá en cuclillas buscando de manera afanosa. El hombre se agachará, esquivará con dificultad el caminar unánime de los otros hombres con portafolios. Los largos abrigos de los que cruzan le encortinarán intermitentemente el rostro. No encontrará nada. Un sudor frío le dominará cuando descubra la cantidad de papeles que se adhieren a los zapatos lustrosos de betún. Los guardas agarrarán al viejo de la solapa del abrigo gris. El hombre, con lúcido disimulo, sacará de su cartera, justo al lado del compartimiento de las tarjetas bancarias, su propio billete. Esperen, gritará, y la ola se detendrá. El torno dejará de abatirse con chasquidos secos de guillotina. Las manos férreas como garfios de los guardias relajarán la presión sobre el abrigo del viejo. Lo he encontrado, estaba en el suelo, exclamará con júbilo exaltado. Los guardas cogerán el billete, lo examinarán, se lo pasarán de uno a otro, lo inspeccionarán con paciencia y precisión de relojeros. Le devolverán con evidente desagrado el billete al viejo. Una lágrima gateará a través de la cara yerma del viejo. Introducirá el billete en el torno y conseguirá cruzar. El grifo se abrirá. El torno volverá a dejarse caer. Los guardas rodearán al hombre y le acusarán que le habían visto salir del pasillo, que dónde está su billete. Gritarán, zarandearán, clavarán sus índices en el pecho del hombre. Sacarán las porras. El hombre olerá el aliento a naranja agria de los guardias. Golpearán, sangrará. Los guardas se alejarán. El hombre, tendido en el suelo, se levantará y verá al viejo avanzar hacia el pasillo. Pensará que es el día más feliz de su vida.
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