lunes, 6 de abril de 2015

Ponlo en el pan

− ¿Y qué quieres de mí? –le preguntó sin mirarle a la cara mientras se raspaba el dedo índice con la uña del pulgar.
            En realidad, Samuel no tenía ninguna duda acerca de lo que Gabi deseaba, eso que no se había atrevido nunca a materializar con palabras, rondando como una polilla alrededor de una lámpara, como una araña que se acerca sigilosa a la mosca que ha quedado atrapada en su tela. Samuel se reafirmó que tendría que decírselo de manera directa. Estaba harto de medias palabras y sobreentendidos pueriles. Por eso él tampoco miraba a Gabi, no quería ponérselo tan fácil. Barruntaba que si sus ojos se encontraban, su hermano no sería capaz de echarse toda esa carga encima y callaría, como en tantas otras ocasiones, o diría cualquier incongruencia o, simplemente, carraspearía, se aclararía la garganta y, sujetando la gabardina con el brazo doblado, se marcharía murmurando una despedida.
−Ponlo en el pan.
            Samuel se sorprendió esa respuesta. No era desde luego lo que él hubiera esperaba, o no al menos de ese modo.
−Pero eso es incontrolable –le respondió después de pensar un par de segundos.
            Gabi se limitó a encogerse de hombros, aunque detuvo el movimiento reclinando el cuello hacia atrás. Se mesó la barbilla y negó con la cabeza, primero despacio, luego con más rapidez.
−Lo puedes hacer. No me jodas.
            Y era cierto: Samuel podía hacerlo.
−Quiero verla de nuevo –dijo señalando con el índice la habitación contigua.
            Se levantaron  del sofá y se acercaron con caminar cauteloso a la puerta. Samuel apoyó la oreja en la madera pulida y, con cuidado, fue girando el picaporte. Introdujo la cabeza despacio. La habitación estaba mal ventilada, olía a agrio de muerte. Cuando sus ojos se acostumbraron a la penumbra, la vio.
            Estaba tumbada sobre la cama. Los cabellos blancos y desmadejados arañaban el embozo. Su pecho apenas se movía con cada silbido de su respiración. Sin embargo, no dormía. Su mirada de plata líquida mojaba el rostro de Samuel.
−Tú –dijo levantando una voz ronca y áspera que rasgaba el aire viciado del dormitorio.
            Intentó bajar de la cama y cayó al suelo. Se arrastró hacia Samuel como una culebra ebria. Gabi cerró la puerta y apoyó su mano velluda en la espalda de su hermano.
−Mañana –respondió Samuel después de tragar saliva.
            Mientras salía de la casa, Samuel sintió cómo un escalofrío le correteaba por la espalda al escuchar el sonido de unas uñas rotas rascando la puerta del dormitorio.

miércoles, 4 de febrero de 2015

El radiocasete

La anciana no sabía qué era ese extraño aparato que le estaba mostrando su hija. Entró en su casa una tarde soleada con un bolso enorme y de su interior sacó un radiocasete. Aurelia hizo como si fuera algo cotidiano en su vida o como si no se hubiera dado cuenta. Ofreció a Cándida un vaso de leche caliente con dos cucharadas de azúcar y se sentó secándose las manos en el mandil.

−   -  Escucha esto, presta atención –advirtió su hija y pulsó un botón.

Aurelia pareció distinguir, provenientes de los agujeros de esa caja de metal, el piar atolondrado de unos canarios y después la voz aguda de su hija. Miró sus labios, intentando descubrir el truco de ventrílocuo de feria que provocaba esa burla.

−  - ¿Sabes qué es esto? –le preguntó señalando con la cabeza el radiocasete con una especie de sonrisa condescendiente.

Aurelia no contestó y se recolocó el moño que aprisionaba sus blancos cabellos. De repente, brotó la voz de Higinio. Cuatro años hacía que no la escuchaba. Pensó que era una cosa de brujería, pero no dijo nada. Únicamente se santiguó y la mirada se le dislocó hacia la percha, donde aún se encontraba el sombrero que su difunto marido había llevado más de cuarenta años, un sombrero de patriarca ya grisáceo de ala corta.

−   - No me había atrevido a enseñarte esto antes. Pocos días después de grabarlo papá se murió. Había tenido guardada la cinta desde entonces. Hasta la había olvidado.
 
Aurelia volvió a mirar ese extraño aparato. Cándida giró una rueda en la parte superior y la voz de Higinio se escuchó más fuerte.

−  -  Yo le preguntaba cosas, tonterías la mayoría, para animarlo a hablar. Él no sabía que lo estaba grabando. No llegó a oírlo nunca.
−  
-   -   Siempre fue de pocas palabras.

−  -   Pero ese día habló mucho. Cuando os llamaba por teléfono él apenas decía cuatro cosas. Pero ese día, estaba muy comunicativo.
 
Aurelia sonrió y sacó un pañuelo beis arrugado de la manga. Se sonó la nariz sin fuerza y se secó los ojos. La voz de Higinio se roturó en una tos seca, continuada. Cándida pulsó un botón y el silencio volvió a adueñarse de la casa.
−  
-  -  Si quieres, puedo dejarte el aparato y la cinta, y podrás escucharlo las veces que quieras. 

L     La madre osciló la cabeza sin apartar la vista del radiocasete.
−  
   -   Es muy fácil de manejar. Con este botón lo paras, con éste vas hacia atrás, y con este otro lo pones de nuevo –explicó Cándida-. Pero cuidado con darle a este rojo, lo borrarías.

Aurelia asintió. Su hija rebobinó la cinta y pulsó el botón de play. De nuevo, volvieron a surgir los pájaros, y la voz ronca de Higinio. Aurelia acercó resueltamente el dedo y pulsó el botón rojo.
− 
    - ¡No, mamá! ¿Por qué?
−   
   - Esto no me hace falta para acordarme de mi marido, con esa tos de muerte, atrapado en esta jaula de palabras que me has traído hoy. Aún tengo su sombrero en la percha, el armario con su ropa y otras muchas cosas en los cajones de la cómoda, que huelen a vivo. 
 
     Cándida volvió a meter el radiocasete en el bolso donde lo había traído. La noche había ido deslizándose en el cuarto, difuminando sus rostros.  


 - ¿Me pones otro vaso de leche, mamá? También caliente, pero con menos azúcar –dijo 
Cándida después de tragar saliva con dificultad

martes, 27 de enero de 2015

Sopa de ajo

Depositó su gorro de lluvia sobre la mesa del bar. Las gotas de agua salpicaban las solapas del sombrero, formando innumerables perlitas que brillaban bajo la luz de la lámpara. Se secó la palma de las manos contra el pecho de su gabardina gris y sus pantalones de pana. Exhaló repetidamente el vaho contra sus manos y las frotó enérgicamente, apoyándolas en sus mejillas heladas. Poco a poco, notó cómo iba entrando en calor, en primer lugar su rostro, que pareció que iba a comenzar a incendiarse. Hacía unos meses que había regresado a su pueblo y aún no había logrado recuperar la experiencia de sobrellevar el frío. Cuando entraba en algún bar, acostumbraba a buscar las estufas y chimeneas, dirigiéndose hacía allí rápidamente. Pero, lo peor de todo, estimaba, era la lluvia. Sentía que se le oxidaban las articulaciones y sus movimientos se hacían más torpes. 

Recordaba cuando paseaba por su playa del Caribe, acariciando su piel blanca de sobrio castellano con ese sol que tanto le agradaba y le hacía disfrutar, caminando al lado de perros vagabundos que le seguían durante unos pasos erráticos para luego abandonarse con algún otro caminante o persiguiendo algún albatros para disputarle la comida que el mar ofrecía devotamente. Una vez, recuerda, apareció en la playa un muerto. Nadie lo conocía, debía ser algún ahogado que hubiera caído de una barca de pesca, sospechaban en el pueblo. Pidió una sopa caliente. Eso era lo que más había añorado de su pueblo, tal vez lo único. Abrazaba con sus manos el cuenco de barro que atesoraba un caldo espeso, como a él le gustaba, con sus migas de pan flotando, esa sopa de ajo que nunca había comido allí ni había logrado enseñar a cocinar a Zulema. Detestaba esa lluvia  que ni moja ni deja de mojar, nada comparado con las tormentas bíblicas que allí se producían. No debió registrar aquel cadáver, no debió recoger esos paquetes que llevaba en el interior de la mochila. Hubiera podido seguir allí, jugando con los perros vagabundos, Zulema seguiría cocinándole la yuca frita que a él tanto le gustaba, y, sobre todo, ella seguiría viva.

miércoles, 21 de enero de 2015

TIGRE

Juan se detuvo delante de la jaula del tigre. Estaba tumbado sobre una especie de balsa de piedra, con la cabeza lánguida apoyada en las patas posteriores. La piel del animal parecía de fuego aterciopelado y una mancha negra le cubría una gran zona de la parte izquierda de la cara ensombreciéndole el ojo. Introdujo la mano en un bolsillo de la cazadora y sacó un puñado de pipas. Se llevó una a la boca y la mordió con un golpe seco de sus incisivos. Cric-cric. Escupió la cáscara al suelo y se tragó la semilla, casi sin masticarla. 

Juan necesitaba ver un tigre de cerca para poder continuar con su novela, para describir apropiadamente al felino, su aspecto, su respiración, la forma de moverse. Se metió otra pipa en la boca. Cric-cric. El tigre alzó las orejas y las dirigió hacia él. Volteó la cabeza y le miró. Juan mantuvo las cáscaras en el interior de su boca y, tanteando los bolsillos de la cazadora, sacó la libretita de notas y sus dos bolígrafos, el negro para escribir y el rojo para destacar los detalles significativos. El animal se levantó y estiró primero sus patas delanteras y posteriormente las traseras, sin dejar de mirar un instante a Juan. Pasó rápidamente las páginas hasta encontrar una en blanco. Apuntó la palabra TIGRE en color rojo y se colocó ese bolígrafo entre los labios, mordiéndolo ligeramente, lo justo para que no se cayera. Antes de comenzar a escribir se metió varias pipas en la boca y su lengua lamió golosa las piedritas de sal.

La fiera se acercó lentamente a él. Sus miradas se apresaban la una a la otra como un par de arañas dispuestas a pelear entre sí. Yuk dio un pequeño paso hacia atrás, silencioso, protector. El río de aguas insalubres se insinuaba como un murmullo lejano a unos cien metros de donde se encontraba. La selva se le adhería pegajosa a la frente y le caminaba por la cara, humedeciendo sus labios agrietados. Los insectos crepitaban lujuriosos escondidos entre los árboles. Cri-cri. Juan mordió las pipas que almacenaba en la boca y dejó caer las cáscaras por su barbilla. El tigre se aproximó más a él, parecía como si anduviera flotando por encima de las hojas muertas. Por un momento le dio la impresión de que podía sentir su aliento, un olor metálico y amargo que le envolvía como una niebla seca. Yuk agarró la cerbatana cargada que sujetaba con la boca y apuntó cuidadosamente a la frente del animal. Sopló con todas sus fuerzas y el cartucho de tinta salió disparado justo cuando el tigre se preparaba a lanzarse sobre él. Juan saltó hacia atrás y comenzó a correr rápidamente. Las ramitas se le clavaban en sus pies descalzos que aplastaban las carambolas podridas. Solamente esperaba que el veneno hiciera efecto en la sangre del tigre antes de que le alcanzara.

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