sábado, 6 de junio de 2009

Revancha

Dimitri se desperezó sobre la butaca cuando el tren se detuvo y disfrazó un gruñido con el estridente chirriar de las ruedas del tren regional. Al descender del vagón, le saludó con escasa consideración un cartel sucio con la palabra Sestao, y le extrañó lo diferente que lo leía en ese momento respecto a las pequeñas letras azuladas de los boletos de la quiniela. Ésas eran las únicas veces que había visto escrito anteriormente el nombre de ese pueblo, tan lejano a Coslada. Tres días antes había recibido la llamada de Roberto informándole que le había conseguido unas partidas simultáneas en un pueblo del País Vasco. El capataz le advirtió que fuera esa la última vez que llevaba en el bolsillo el móvil cuando estuviera subido en un andamio de su obra. Por la noche, buscó en un atlas aquella localidad.

Sacó de su cartera un papelito, lo desdobló, y se acercó a la parada de taxis.

- ¿Dónde está el parque de Nafarroa?

El taxista le miró desde el asiento de su coche y diluyó la precaria sonrisa que se le había dibujado al verle acercarse.

- Lejos, lejos –afirmó ayudado por un gesto amplio con la mano izquierda.

- No importa, caminaré.

El taxista le ofreció unas vagas indicaciones y comenzó a andar en la dirección que le había dicho. Hacía un sol agradable. Le golpeaba en la cara y cerró los ojos para agarrarlo mejor con los poros de su rostro lampiño. Sin duda, el frío era lo que menos añoraba de Kiev. Se vio obligado a preguntar a otro par de personas antes de llegar al parque de Nafarroa. En el papelito doblado también había apuntado un nombre, señor Urrieta. Se sentó en el césped a descansar un rato. Notaba que la humedad de la hierba recién amanecida le cosquilleaba las nalgas. Sacó el ajedrez magnético del maletín y apartó la tapa de metacrilato. Las piezas se encontraban colocadas tal y como estaban antes de que Gary Kasparov le diera jaque mate en la final. Se frotó los ojos con el dorso de la mano derecha. No había dormido apenas nada durante el viaje. Se pasó toda la noche con los ojos cerrados, pero no consiguió apresar el sueño, repetía una y otra vez aquella partida, como muchas otras noches, únicamente desfilaba ante sus ojos ese caballo negro que le amenazó su dama. Durante los once años que se habían arrastrado desde aquella partida, aún no había conseguido ver la maniobra envolvente que había ejecutado Kasparov. No podía decir que el campeón hubiera urdido una trampa en la que Dimitri hubiera caído como un zorro en un cepo. Simplemente el caballo se había materializado en una casilla de la cuadrícula blanquinegra en la que con el auxilio del peón del alfil del rey, había perdonado la vida de su reina. Este hecho le sorprendió, pero tres jugadas después se vio abocado a una posición de evidente desventaja que le anunciaba que iba a perder la partida.

Se levantó del suelo y se sacudió el pantalón con la mano para desprender las briznas de hierba que se le habían adherido. Al comenzar a caminar sintió que tenía húmedo el culo. Llegó al centro de la plaza y vio unos bancos contiguos y unas mesas de madera carcomida con unos tableros de ajedrez y un reloj al lado de cada uno de ellos. Se acercó a un hombre vestido con un traje gris y le preguntó si él era el señor Urrieta. El desconocido le palmeó el hombro y se interesó por su viaje. Le presentó a sus ocho contrincantes, cinco hombres y tres mujeres. El brillo de los ojos de una de ellas le recordó a las cabezas de los peones negros. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo y encendió un cigarro. Después de expulsar el humo de la tercera calada se aventuró a preguntar a Urrieta por el dinero.

- Pero ya hice la transferencia de los trescientos euros al señor López.

Dimitri afirmó con la cabeza levemente. Roberto aún no le había dado nada y había hablado únicamente de cien euros. En esos momentos lo único que esperaba era que le pagara a más tardar durante el mes siguiente.

Las partidas comenzaron. De los ocho competidores, a cuatro de ellos los fulminó en una docena de movimientos. Para algunos otros, hubo de invertir algunas jugadas más. Pasada una hora, solamente quedaba la mujer de los ojos negros. Se fijó en que no era más que una chiquilla, no estimaba que superara los veintidós años. Un lunar yacía sobre su labio superior. También se fijó en que llevaba un botón de la camisa desabrochado. Se le heló la sangre cuando asimiló la disposición de las piezas: era exactamente igual al mapa del tablero siete jugadas antes de que Kasparov le diera el mate, la misma que tenía en esos momentos su ajedrez magnético. Se preguntó si aquella chica tan joven habría estudiado esa partida y la había reproducido paso a paso, sin él darse cuenta. Tal vez hubiera abierto su camisa para que el vértigo de sus senos le confundiera. Presintió que esa iba a ser la segunda vez que perdiera desde que conquistara el título de Gran Maestro. Cerró los ojos para no ver esa posición diabólica, pero era inútil, parecía como si alguien le hubiera cincelado el tablero de ajedrez en el interior de sus párpados. Abrió los ojos y estuvo tentado de derribar las piezas de un manotazo y estrangular a aquella chica. Pero, de pronto, lo comprendió todo, vio el salto repentino del caballo negro de Kasparov, vio el avance solapado del peón del rey, vio la diagonal tenebrosa del alfil. Descubrió que sacrificando su reina estaría en una situación ventajosa y que en cinco jugadas ganaría la partida. Sonrió y dejó deslizar la última mirada desde los oscuros ojos de la joven hasta el propicio escote. Pisó la colilla casi consumida del cigarro que le abrasaba los labios. Apoyó el índice de la mano derecha sobre la cruz de su rey y lo volcó, haciéndolo pendular sobre la superficie del tablero.

martes, 26 de mayo de 2009

Celos

- La puta congestión –se lamentó Juan mientras se sonaba ruidosamente la nariz con un trozo de papel higiénico-. No creo que pueda acompañarte hoy.

Isabel, terminando de pintarse los ojos, le miró a través del espejo y le preguntó si tan mal se encontraba, que le encantaría que fuera con ella.

- Si no hubiera perdido el móvil, te llamaría después, para ver cómo te encuentras.

Cuando ella cerró la puerta y el sonido de sus tacones se disolvía en el silencio
del pasillo, Juan se dirigió al baño y se lavó los ojos con agua fría. Su mirada excesivamente encarnada le hizo sospechar que era probable que se hubiera propasado con la cantidad de pimienta negra que había esnifado. Fue a su cuarto y comenzó a abrir los cajones de su mujer. Por un momento sintió algo parecido a ternura cuando vio toda su ropa interior perfectamente planchada y colocada. Para no claudicar ante esa mezcla de piedad y rosas que comenzaba a conquistarle, hundió los brazos en el cajón y extrajo todo como si estuviera paleando en barro. El suelo del cuarto se salpicó de un arco iris delirante de bragas, tangas y sujetadores. Uno a uno los cogió y se los fue acercando a la cara, interrogándolos por algún olor extraño en ellos. Alguno se humedeció del moquillo que no le cesaba de fluir desde la nariz. Con avaricia de pordiosero, tanteó el fondo de los cajones. Notó que la uña del dedo índice se le aserraba contra la madera. Desde hacía dos años, un detective la seguía a todas partes y le pormenorizaba todas sus actividades fuera de la casa. Hasta en cuatro ocasiones se vio obligado a contratar otros investigadores, que él estimaba más minuciosos a juzgar por la minuta cada vez más elevada que le cobraban. Rastreó los bolsillos de sus chaquetas, y únicamente halló un ticket de Carrefour, donde había comprado yogures, queso, una bandeja de pechugas de pollo y la pizza congelada que habían cenado el sábado anterior Con el auxilio de una calculadora computó el cambio devuelto.

Prendió un cigarro mientras encendía el móvil de Isabel. Comparaba los números grabados de los contactos que tenía con los almacenados es su propio teléfono. Lo volvió a ocultar entre los cojines del sofá y se frotó enérgicamente la cara con las dos manos. Se dirigió hacia el baño, donde vertió el contenido de los botes de gel y champú. Una serpiente multicolor reptaba lenta y silenciosamente hasta ahogarse por el sumidero del baño.

Cuando se dirigía al salón, sonó el teléfono de mesa. Isabel le dijo que llamaba desde una cabina y que si estaba mejor. Cuando colgó, apresuró sus pasos hacia el salón. Abrió las carátulas de todos los cedés y estudió con insania las letras de las canciones, intentando descifrar su orden de colocación. Empezó a recordar cuándo le regaló todos y cada uno de ellos. Se abanicó con todos los libros de la estantería y revisó el fondo de cada plato y vaso.

Juan recogió los trozos de papel higiénico arrugados que minaban el suelo, los llevó al baño y los arrojó a la taza. Dejó caer una cerilla encendida. El papel se retorcía y se subrayaba de óvalos oscuros que se expandían, y ese olor agudo se le clavaba en el fondo de la nariz. Isabel lo engañaba.

sábado, 4 de abril de 2009

Empirismo

Hasta que no tuvo delante el plato humeante de sopa de tuétano, hasta que no lo saboreó y paladeó lentamente, Tomás no entendió completamente qué era lo que Berta quería decirle cuando le afirmaba con rotundidad que le amaba hasta el tuétano de sus huesos.

jueves, 29 de enero de 2009

Queso agrio

El despertador suena a las cinco de la mañana. David, con los ojos aún fruncidos por el sueño, va al cuarto de baño y se asea con un somero lavado. La ducha, para el final de la jornada, justo antes de dormir. Con la pelliza de pana abrochada hasta arriba, casi cerrándole la boca, se dirige hacia el establo. Lleva realizando esas mismas acciones rutinarias más de cuarenta años, siempre con la misma determinación y diligencia. Sin embargo, últimamente sus pasos hacia los animales son más desganados, más arrastrados, como si la hierba le agarrase de los pies. Calienta las manos con el aliento de la boca y, sentándose en una banquetita de madera, comienza a ordeñar las ovejas. Nos enseña el cubo de latón, y vemos que la leche espumosa y humeante apenas ha conseguido manchar el fondo metálico. “Y así con todas”, afirma con seriedad. Desde hace unos meses, los lobos han arruinado la población de ovejas de la comarca, más de quinientas han sido devoradas durante las noches heladas de esa provincia manchega. “No son lobos, son perros asilvestrados”, se apresura a corregirme con la mirada perdida en los montes. David nos cuenta que alguna vez aparece destrozado el cadáver de alguno de estos perros, muerto sin duda en alguna pelea nocturna contra los lobos. De este modo, el enemigo atávico de los ganaderos, protagonista indudable de todos los cuentos que David escuchaba atemorizado de pequeño, se ha convertido en un inesperado aliado, que pelea contra aquel rival advenedizo que le disputa el alimento o que le intenta usurpar el territorio.

De cuando en cuando, con la escopeta bajo el brazo, los lugareños fatigan el monte intentando acabar con alguno de esos enemigos. “Y a veces lo conseguimos, pero otras no”, afirma con una mezcla de complacencia y resignación.

“Ahora estamos jodidos”, comienza David, aunque se detiene con algo de bochorno por haber dicho esa palabra malsonante delante mía. Aún sin levantar la mirada de las manos, continúa: “Las cosas nos van mal. La crisis la padecemos como el resto de los españoles, pero ahora se suma que las ovejas producen menos leche, están estresadas. Además, García Baquero está comprando leche afgana, les sale más barata, dicen. También tenemos más gastos. Continuamente tenemos que estar reponiendo cercas de alambre que esos… (David se detiene) que esas bestias destrozan”.

Salimos a dar un paseo por el bosque. Nos señala continuamente diversos arbustos, ilustrándonos con su nombre y con alguna propiedad medicinal que atesoran. Hoy es domingo, día de caza. Esporádicamente se escuchan en la lejanía algunos disparos que reverberan por el monte hasta que se extinguen, y unos remotos ladridos de perros que provocan un estremecimiento en David. De vuelta a la casa, Adela, la mujer de David, nos está esperando con una botella de Valdepeñas y unos tacos de queso. “Éste es nuestro, lo hicimos aquí hace unos seis meses”, nos dice con orgullo mal disimulado. Evidentemente, comparar el sabor de ese queso elaborado con las propias manos de esa familia ganadera con cualquiera de los que García Baquero nos ofrece en el supermercado, sería como asemejar el Himalaya a Gredos.

Donde hay amor, hay visión

Revista digital poética:
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