jueves, 31 de enero de 2013

Trilogía sucia animal III - Pájaros


Ana abrió su bolso negro y saco de él, envuelto en papel de aluminio, un mendrugo de pan que había reservado de la cena de la noche anterior. Volvió a cerrar el bolso, lo depositó cuidando que no se volcara sobre el banco en el que se hallaba sentada y, a base de minúsculos pellizcos, fue desmenuzándolo. Al llamado de las migas que caían al suelo, fueron acercándose, en principio temerosos, varios gorriones y palomas. Un sol cariñoso le bañaba el rostro y cerró los ojos. Aunque ya estuviera comenzando noviembre, aún se podía estar un rato por las tardes, sentanda en el parque, disfrutando los últimos rayos de sol de ese año, que acogía como caricias. Se regocijó con anticipo ante el próximo olor a castañas asadas que el señor de la boina gris le regalaría dentro de poco tiempo. Paseó las manos por la falda verde clara para desalojar de ella unas migas que se habían adherido. Sacó del bolso un bolígrafo y una revistita de crucigramas que había comprado del quiosco de al lado de su casa la semana anterior. De nuevo abrió el bolso y verificó en su teléfono móvil si tenía alguna llamada perdida.

Los gorriones se acercaban a saltitos, rivalizando con los movimientos más pesados de las gigantes palomas. Éstas picoteaban los trozos de pan duro, destrozándolos y granulándolos aún más. Los gorriones, astutamente, recogían esas miguitas que caían de los picos distraídos de las palomas, emprendiendo un pequeño vuelo alejándose un poco para disfrutar de su suculento botín. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo de su abrigo y encendió un cigarro. El piar de las aves le sonreía el atardecer. Ana fue pasando las páginas de la revista y finalmente escogió una sopa de letras, no le apetecía pensar demasiado las extrañas definiciones que en ocasiones aparecían en los crucigramas. Se encontraba demasiado a gusto y relajada allí sentada, disfrutando del sol y del olor a hojas caídas del parque. Capitales de Europa, escogió. Ella no había estado en ninguna de ellas, ni en Madrid siquiera, pensó mientras arrojaba al suelo la colilla y la pisaba con la punta del zapato para apagarla. Los pájaros se alarmaron por este movimiento inesperado para ellos y se alejaron unos metros. Localizó Copenhage y lo rodeó con un rectángulo. Le agradó el haber conseguido iniciar la sopa de letras con una palabra tan larga,además tan rápidamente, lo asumió como un buen presagio. Creyó recordar que en un documental había visto que era una ciudad con canales y tenía la estatua de una sirena, pero no estaba segura, la confundía con alguna del resto de capitales nórdicas.

Al otro extremo del parque, una mujer de unos cincuenta años, aproximadamente de la edad de Ana, abrigada con una bata azul, salió de un edificio y depositó en el contenedor de basura una bolsa gris. La recriminó mentalmente, ya que era demasiado temprano para tirar la basura, apenas estaba comenzando a retirarse el día. Encontró dos palabras casi seguidas, Roma y Berlín. Frente a ella, seguían remoloneando algunos pájaros, aunque ya no quedaba nada de pan en el suelo. Cogió de nuevo el bolso y rebuscó en su interior. Volvió a observar su móvil. Apareció otro cuscurro, aunque éste estaba envuelto en un papel de cocina con algunas manchas de algo que parecía aceite. En ocasiones le sucedía que olvidaba dar la comida a las aves porque se distraía viendo algún joven que paseaba con su perro o a alguna pareja que caminaban perezosamente cogidos de la mano o de la cintura. Sacó el pan y se le cayó al suelo. Dudó si recogerlo y convertirlo en miguitas, pero optó en darle una patada hacia adelante. Los pájaros se abalanzaron hacia la comida e iniciaron su paroxismo de picotazos insistentes. Ana halló Madrid con dificultad, se ocultaba en una diagonal invertida, y la marcó a conciencia. Le pareció que encontrar la capital de su país le había servido de estímulo, pues rápidamente dio con Dublín, Budapest, Londrés y Viena. Únicamente le restaban dos palabras para resolver completamente el pasatiempo.

Sintió algo de frío y se abrochó un botón más del abrigo hasta cubrirse el cuello. El sol se había escondido detrás del edificio de enfrente. Más vecinos habían bajado su basura. Ésa era una hora más adecuada para hacerlo, aprobó Ana. Las farolas del parque se encendieron. Lo agradeció, ya empezaba a tener dificultadas para ver las letras indecisas. Moscú, recuadró. Ya solamente una única palabra. ¿Cuál sería la capital que le faltaba?, se preguntó mientras encendía un cigarro. Levantó los ojos de la revista y vio a varias personas acercarse al cubo de basura. Eran tres hombres y una mujer. Vestían abrigos de paño ruín y caminaban cansadamente. Uno de ellos llevaba un gorro rojo de lana. Abrieron la tapa naranja del contenedor y comenzaron a extraer las bolsas. A estirones las rasgaron y con unas manos como garras escarbaban en su interior. Uno de los hombres, el más bajo, le dio un manotazo al del gorro de lana. La mujer sacó algo parecido a una naranja, la observó con detenimiento, y la guardó en una bolsa de plástico que sacó del bolsillo después de alisarla haciendo movimientos de abanico. El teléfono móvil sonó en el interior del bolso de Ana. Lo abrió rápidamente, tirando el cigarro al suelo, y comenzó a hurgar en su interior, hasta que lo encontró y lo sacó. Respondió la llamada, pero colgó cuando una voz aburrida le ofreció cambiarse de compañía telefónica. Permaneció un instante con el teléfono apoyado en la mejilla, hasta que volvió a reintegrarlo en el interior del bolso. Se prendió un nuevo cigarro. Los vagabundos habían abandonado ese contenedor y fueron interrogando con poco ánimo los de los edificios contiguos. Ana los estuvo mirando hasta que los perdió al doblar la esquina. Los pájaros habían empujado los restos del trozo de pan hasta casi sus pies. Peleaban por las últimas migajas. Una paloma, de repente, picoteó la cabeza de unos de los gorriones. Repitió su ataque y Ana vio cómo arrancaba uno de sus ojitos, separándose de la cuenca poco a poco unido por una especie de mucosidad. El gorrión piaba de una manera que Ana se le antojó bastante extraña, pues ella no los asimilaba que fueran gritos de dolor. Hizo un cilindro con la revista, adelantó el cuerpo hacia adelante, y la descargó contra la paloma que se se encontraba absorta y ávida devorando los últimos restos de pan. Golpeó y golpeó, hasta que el pájaro quedó atontado. Con un movimiento rápido, agarró a la paloma, se la acercó a la cara y fue aproximando lentamente a uno de sus ojos la colilla que ya agonizaba entre sus dedos. La paloma aleteó, pero ella no aflojaba la presión. Un olor a carne quemada la sometió. La soltó, y el ave se alejó volando erráticamente. Ana se percató de que todos los pájaros habían huido también. Dejó en el suelo la revista y se levantó. Comenzó a caminar y casi se ve derribada por la carrera de unos cuantos perros enloquecidos que perseguían a otro pequeño. Cuando estaba saliendo del parque en dirección a su casa, recordó que no había conseguido averiguar cuál era la capital que le faltaba para resolver por completo la sopa de letras.

jueves, 24 de enero de 2013

Trilogía sucia animal II - Peces

Terminó  de enlazar su cara corbata de seda rosa con un nudo doble Windsor mientras tragaba el último bocado de tostada que ayudó a pasar con un trago de café. Antes de salir de casa, como cada mañana, Torres se acercó a la pecera. Dentro de ella, sus alegres peces, uno de color azul turquesa y otro rojo con manchitas marrones deambulaban con un impreciso rumbo, introduciéndose por una de las ventanas del castillo semiderruido que se alzaba sobre el fondo de la pecera y rodeando al pequeño buzo que emitía unas ínfimas burbujas. Parecía como si jugaran a perseguirse. Golpeó un par de veces sobre la superficie templada de cristal y los peces, nerviosos, se dirigieron como urgidos por espasmos hacia el dedo que había perturbado su paz. Sonrió al ver cómo boqueaban frente a la yema del dedo. Con la otra mano vertió un poco de comida. No mucha, tal y como le habían aconsejado en la tienda de mascotas donde compró los animalitos y la pecera con su costoso sistema de climatización. Se desentendieron él y se dirigieron con rapidez hacia las escamas que iban descendiendo livianas como plumas para devorarlas. Torres siempre se preguntaba si sería cierto eso que había oído muchas veces acerca de que los recuerdos de los peces se disuelven en su pequeño cerebro en menos de un minuto.

Al entrar en el ascensor sintió cómo el perfume con el que había acariciado su rostro al salir de la ducha fluía a través de él y se adhería a las paredes del cubículo que descendía a gran velocidad desde el ático donde vivía. El portero, del cual nunca había conocido su nombre, o al menos no lo recordaba, le saludó con un buenos días sonriente y pellizcándose la gorra de plato.

En el interior del taxi paseó su mano sobre la suave piel de la funda donde guardaba el Ipad antes de extraerlo, y aprovechó el trayecto para terminar de leer un artículo sobre el concurso de privatización del servicio de recogida de basuras de la ciudad que había dejado inconcluso la noche anterior.

Le dijo a su secretaria Rosi que no le pasara llamadas. Quería repasar una vez más el informe que había realizado durante esa semana donde aconsejaba disminuir gastos en la empresa mediante la reducción de personal. Levantó la cabeza y miró a Rosi a través de la pared de cristal de su despacho, que se apartaba un mechón de cabello díscolo que le lamía la frente mientras tecleaba en el ordenador con la otra mano. No pudo evitar pensar que era posible que, si se aprobaban las directrices que él sostenía, ella fuera una de las despedidas, llevaba tan solo dos años allí y la indemnización aún no sería demasiado onerosa. Tampoco era tan extraordinaria, la anterior era hasta mejor, se justificó anticipadamente, aunque no podía obviar los estupendos cafés que sabía prepararle, en su punto idóneo de temperatura y dulzor. Se reafirmó en que su informe era correcto y acertado y lo envió por correo electrónico al presidente y al resto de la junta directiva. El teléfono móvil comenzó a vibrar en su bolsillo. Lo sacó y miró la pantalla. Leticia. Lo apoyó sobre la mesa y el aparato seguía temblando enfrebrecido hasta que cesó el zumbido. A los pocos minutos volvió a recibir la misma llamada y optó por guardarlo en el cajón.

Almorzó en el restaurante habitual, como casi cada semana, con el presidente. Estuvieron hablando de fútbol y se citaron en el palco que la empresa poseía en el estadio de la ciudad para el partido de dentro de dos semanas. El señor Salas le contó que su hija iba a estudiar los dos últimos años de la carrera en Estados Unidos, en la Universidad Lincoln de Pensilvania. Torres la había visto un par de veces, en alguna fiesta que el presidente le había invitado en su finca. Solamente recordaba de ella las blusas ceñidas y deliciosas que llevaba. El señor Salas comenzó a hastiarle con una de aquellas historias inverosímiles que frecuentaba demasiado sobre confusos alardes deportivos que había gozado en tiempos ya remotos. Torres concluyó que tal vez debiera llamar a Leticia. Lo cierto es que ese día le apetecía echar un polvo al salir del trabajo.

Leticia le sirvió una copa de Zacapa 23 años mientras escogía un cedé de Lester Young. Ella le confidenció que su madre estaba peor, que se habían visto obligados a tener que ingresarla de nuevo y que sospechaba que de esa operación ya no saldría. El licor se deslizaba juguetón por su garganta y se sorprendió pensando que nunca se la había follado sobre su mesa de arquitectura, encima de los planos. No sabía si resistiría los empujones, daba la impresión de ser bastante endeble. Apuró su copa y antes de que ella terminara la suya ya había empezado a desabrocharle la camisa y a bucear con su mano sigilosa hasta acariciarle los senos. Lo hicieron sobre el sofá, y al finalizar, cayó algo de semen sobre uno de los cojines. Leticia miró la mancha maloliente y pasó la mano por encima, pero no dijo nada.

Antes de volver a casa se duchó y, con los ojos cerrados, mientras le caía el chorro de agua sobre la cara, valoró la posibilidad de no volver a verla. Hasta Rosi tenía mejor culo, sentenció. Se despidieron con un beso rápido en la puerta de su casa. El taxi demoraba más de lo habitual, por la manifestación, se excusó el conductor. Calculó que debía hacer poco tiempo que había anochecido. Finalmente, el coche se detuvo. Tamborileaba los dedos sobre el muslo mientras miraba aburrido por la ventanilla. A su izquierda, había un parque. Una mujer entró en él con uno de esos perros pequeños que él juzgaba absurdos vestido con una especie de jersey aún más insensato que el animal. Aún acertó a ver a un hombre de no mucha estatura que parecía arrastrado por unos cuantos perros antes de que el taxi por fin se liberara del atasco. Le dio todavía tiempo a leer los titulares del Marca y a revisar el correo electrónico. Nada interesante, ni en los deportes ni en su bandeja de entrada, resolvió.

Mientras se estaba quitando los calcetines sonó el teléfono. ¿Otra vez ella?, se quejó resoplando con fastidio. Sin embargo, no era Leticia, sino el señor Salas. Miró su reloj antes de responder, y le extrañó que el presidente llamara a esas horas, le parecía bastante inusual. Le dijo que, en honor al excelente trato personal que tenían, incluso de amistad, recalcó, prefería comunicarle si no cara a cara al menos sí con su propia voz, que la compañía no podía seguir contando con él, pese a su indudable valía, pero que era necesario reducir costes. Al colgar, le vinieron a la mente las tetas de la hija del señor Salas, Verónica, recordó en ese momento que se llamaba, aunque no sabía exactamente a qué universidad de Estados Unidos iría. Encendió la luz de la pecera, y reparó en que solamente se encontraba nadando en el agua a uno de los peces, el azul turquesa. Acercó la cara y buscó al desaparecido, y finalmente vio los restos del rojo en el fondo, despedazado. Con los dedos golpeó el cristal y por un momento imaginó que los trozos del cadáver también acudirían a su llamada. El pececillo azul se dirigió hacia allí. Torres giró el dedo describiendo círculos sobre el cristal. Metió la otra mano dentro de la pecera y, tras un par de intentos, logró apresarlo. El pez brincaba sobre su palma y le miró los ojos, que parecía que le estallaban dentro de su pequeña cara. Recordó haber leído que los peces no tienen párpados, ya que no les son necesarios debido a que el agua los limpia de impurezas. Volteó la mano y cayó al suelo. Se enmascaró la cara con las dos manos y sintió un olor a aguas corrompidas. El pez continuó con su baile enloquecido hasta que finalmente sus convulsiones fueron espaciándose cada vez más, hasta detenerse por completo.

miércoles, 16 de enero de 2013

Trilogía sucia animal I - Perros


Ramón se anilló como buenamente pudo al dedo meñique la correa de uno de los perros que debía sacar a pasear. Con la mano que le quedaba libre abrió la puerta de la verja y logró salir antes que los animales. Nunca había sacado a pasear un número tan elevado de canes: tirando como si fueran leones llevaba dos foxterriers, un yorkshire, un dálmata y un pitbull que cojeaba notablemente de una de sus patas. Para precisar más, Ramón no había sacado a pasear ni un puto perro en su vida. Jamás le habían agradado esos animalejos babosos que te muerden los bajos de los pantalones y te olisquean el culo. Sentía algo más de estima por los gatos, no mucha tampoco, para ser sinceros, pero al menos eran unos bichos más independientes.

Le había supuesto una sorpresa grata el comprobar que a sus cuarenta y cinco años largos todavía era capaz de conseguir un trabajo que la mayoría considera honrado. Ya estaba harto de ir rodando cuesta abajo por la vida, no quería bajo ningún concepto retornar a la cárcel. A Ramón le gustaba la calle, respirar el aire no almacenado entre los odiosos muros de la prisión, caminar con pasos demorados mientras el humo de su cigarrillo ascendía con pereza hasta diluirse en el aire. Sin embargo, ahora su paseo era muy distinto, en esta ocasión se veía obligado a detenerse cada vez que se cruzaba con un árbol para que los perros mearan en él, o bien el paseo azaroso que se había trazado segundos antes en su mente, como si su cabeza albergara un plano imaginario de la ciudad, se veía truncado si el yorkshire, que según le habían contado era sumamente libidinoso, captaba el aroma de una perra en celo.

Contó el número de patas de los animales, cinco por cuatro veinte, aunque una del pitbull estaba jodida. Él solo poseía dos, pero tenía inteligencia, mucha más que esa mierda de babosos, aunque en la mayor parte de su vida no la hubiese sabido aprovechar. Delante de él, una mujer rubia de treinta y tantos llevaba una perra arropadita por un minúsculo jersey de cuadros escoceses. Ella movía bien el culo, y su animal, a juzgar por la lengua jadeante de sus cinco machos, tampoco debía hacerlo mal. Entraron en el parque, ahora le resultaba sencillo manejar a los chuchos. Empezaba a oscurecer. Sus perros tiraban de él con fuerza, aunque Ramón lograba mantenerlos a su lado, él no era ningún enclenque. El ruido de la ciudad se iba antojando cada vez más lejano. Abrió la mano y los cinco perros se abalanzaron sobre la perrita. La rubia gritó. El primero en llegar fue el yorkshire, pero Ramón, mientras le arrancaba las bragas, vio que finalmente la cubrió el pitbull.

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