martes 10 de enero de 2012
El siete
Lo único que Amina no pudo repartir entre los otros niños vecinos de la aldea fue la camiseta que siempre lucía antes que los bombardeos acabasen con él. Hubiera cifrado ese gesto como la mayor injuria que podría haber hecho a la memoria de su hijo. Recordaba aquel día en que, después de ayudar a descargar unas cajas con alimentos y medicinas, un cooperante español le regaló aquella camiseta con un siete en la espalda. La obligaba a tenerla siempre de un blanco esplendoroso, sobre todo los domingos al atardecer, cuando el sol comenzaba a languidecer y jugaban un partido de fútbol. Ni siquiera se había atrevido en ese momento a lavarla y eliminar todas las manchas de sangre.
domingo 6 de junio de 2010
La estación
Soñó que ella lo esperaba en la estación. Él corría para llegar, pero sentía que no avanzaba, que se perdía por caminos extraños, que su ciudad se le había convertido en un laberinto y que no estaría a tiempo en la estación, que ella tendría que subir sola al tren y no la vería nunca más. El traqueteo del vagón le rescató de su terrible pesadilla. Se frotó los ojos con el puño y amagó un suspiro. En el asiento contiguo languidecía un periódico gratuito desmembrado al que le faltaba la primera página. Cuando lo cogió para ojearlo, ella se despertó.
jueves 3 de junio de 2010
Lanzado
Empujaba sus caderas contra las de Ana a un ritmo cada vez más rápido. Le dio la vuelta y ella comenzó a chupársela. Hacía tiempo que ya no le distraían los murmullos en la sala, el campanilleo de los hielos en los vasos o el rebullir inquieto en las sillas. Sacó la polla de su boca, y cuando comenzó a correrse sobre su cara, se sintió audaz y decidió que esa noche, al salir del club, no vacilaría y sí se atrevería a pedirle a Ana una cita para tomar café al día siguiente.
lunes 22 de marzo de 2010
domingo 21 de marzo de 2010
El árbol de los recuerdos
Te recuerdo como aquella muchacha de ojos negros que llegó despacio, sigilosa, sin hacer ruido, igual que un vilano agitado por el viento. Y sin embargo, te recuerdo corriendo, no sé si huyendo hacia tu mundo, una tierra cubierta de un dorado mantel de hojas de sauce desde donde has señalado mi destino, marcándolo nítidamente. Ha nacido en mí el sentimiento del explorador, quien, hachazo tras hachazo, entre la maleza ha trazado su camino. He intentado trepar justo al sur de esa roca donde alzaste con cuarzo y esmeraldas un helado palacio para tu soledad, al que siempre contemplo con una mezcla de temor y deseo.
Nunca me recuerdo transcribiéndote versos de Neruda, sino los de aquel poeta callejero que una vez me buscó en el interior de un bar y me vendió su poema por una moneda, y en cuanto lo leí supe que algún día habría de encontrarte y que mi torpe voz llegaría a acariciarte con su música.
Te recuerdo entregándome las semillas del árbol de los recuerdos que tú plantaste en mi jardín, enterrando los cadáveres de esas rosas ya marchitas. Nos echábamos bajo su sombra y me bastaba con cerrar los ojos para imaginar que me convertía en el agua de un lavabo y que me perdía por su sumidero, y únicamente ansiaba que esas aguas desembocaran en tu playa cuando yo muriese. Y abría los ojos y te hallaba a mi lado, adorable, quién sabe si dormida, tal vez soñando que eras una nube cuya lluvia alimentaba nuestro árbol.
Recuerdo cuando llegaste, justo cuando pensaba que los problemas del mundo y los enigmas de la existencia se desentrañaban con un vaso de ron. Juntos obligamos a que la vida depusiera su insufrible vocación de niña caprichosa. Lo que yo nunca te dije fue que logré amarrar el destino y retorcerlo, y una vez domado me confesó que todo ese oro derretido que había vertido sobre mi corazón no era más que para fabricarte una corona. Pensando en lo que me había insinuado comprendí que no era una simple estratagema para conservar su vida, sino que realmente era cierto, y entonces pude abrir la mano y liberarlo con un soplo, pues sabía que giraría en torno a ti como una polilla alrededor del flexo que alumbra estas líneas.
Todas las noches me acuesto contigo y no hay mañana que no despierte a tu lado, y me digo que la Revolución puede esperar un día más y que no va a ocurrir nada si hoy no se descubre una cura para el cáncer, y descubro que el motor que me incita a abrir los ojos es el sentirte tan cerca mía, y rezo ardientemente para adquirir las fuerzas necesarias que me permitan agitar tu hombro y hacer que sea yo también tu última visión del día que muere y la primera del que nace.
Te recuerdo cuando me hiciste descubrir que Flaubert y Stendhal eran unos farsantes, que el amor no se pare sino que un día llaman a tu puerta y al abrir allí está, agazapado en un rincón del portal. Me enseñaste que el amor no es una cerilla sino que es la chimenea que caldea tibiamente el hogar. Contigo aprendí también que el amor no es una cuestión de semántica y que se puede descubrir mientras te estás lavando los dientes por las mañanas. No me hizo falta gritar e invocar al trueno para enamorarme de ti, y no agarré ninguna honda para abatir al halcón; solamente me bastó con respirar. Aunque hay cosas que nunca cambian, y es que vuelvo a ser el títere de algún duendecillo que juega a desquiciarme y que me obliga a atarme a la cama.
Y ahora, descansando bajo el árbol de los recuerdos, cierro los ojos, porque sé que en cualquier momento sentiré tus labios sobre los míos y te abandonarás a mí.
Nunca me recuerdo transcribiéndote versos de Neruda, sino los de aquel poeta callejero que una vez me buscó en el interior de un bar y me vendió su poema por una moneda, y en cuanto lo leí supe que algún día habría de encontrarte y que mi torpe voz llegaría a acariciarte con su música.
Te recuerdo entregándome las semillas del árbol de los recuerdos que tú plantaste en mi jardín, enterrando los cadáveres de esas rosas ya marchitas. Nos echábamos bajo su sombra y me bastaba con cerrar los ojos para imaginar que me convertía en el agua de un lavabo y que me perdía por su sumidero, y únicamente ansiaba que esas aguas desembocaran en tu playa cuando yo muriese. Y abría los ojos y te hallaba a mi lado, adorable, quién sabe si dormida, tal vez soñando que eras una nube cuya lluvia alimentaba nuestro árbol.
Recuerdo cuando llegaste, justo cuando pensaba que los problemas del mundo y los enigmas de la existencia se desentrañaban con un vaso de ron. Juntos obligamos a que la vida depusiera su insufrible vocación de niña caprichosa. Lo que yo nunca te dije fue que logré amarrar el destino y retorcerlo, y una vez domado me confesó que todo ese oro derretido que había vertido sobre mi corazón no era más que para fabricarte una corona. Pensando en lo que me había insinuado comprendí que no era una simple estratagema para conservar su vida, sino que realmente era cierto, y entonces pude abrir la mano y liberarlo con un soplo, pues sabía que giraría en torno a ti como una polilla alrededor del flexo que alumbra estas líneas.
Todas las noches me acuesto contigo y no hay mañana que no despierte a tu lado, y me digo que la Revolución puede esperar un día más y que no va a ocurrir nada si hoy no se descubre una cura para el cáncer, y descubro que el motor que me incita a abrir los ojos es el sentirte tan cerca mía, y rezo ardientemente para adquirir las fuerzas necesarias que me permitan agitar tu hombro y hacer que sea yo también tu última visión del día que muere y la primera del que nace.
Te recuerdo cuando me hiciste descubrir que Flaubert y Stendhal eran unos farsantes, que el amor no se pare sino que un día llaman a tu puerta y al abrir allí está, agazapado en un rincón del portal. Me enseñaste que el amor no es una cerilla sino que es la chimenea que caldea tibiamente el hogar. Contigo aprendí también que el amor no es una cuestión de semántica y que se puede descubrir mientras te estás lavando los dientes por las mañanas. No me hizo falta gritar e invocar al trueno para enamorarme de ti, y no agarré ninguna honda para abatir al halcón; solamente me bastó con respirar. Aunque hay cosas que nunca cambian, y es que vuelvo a ser el títere de algún duendecillo que juega a desquiciarme y que me obliga a atarme a la cama.
Y ahora, descansando bajo el árbol de los recuerdos, cierro los ojos, porque sé que en cualquier momento sentiré tus labios sobre los míos y te abandonarás a mí.
martes 5 de enero de 2010
Nunca volverás a besarla
- Quiero que presencien el primer experimento con mi máquina – dijo el profesor Espinosa a sus compañeros.
Los profesores Rufus y Dreyer habían acudido ansiosos a la llamada del profesor Espinosa. Sabían que se hallaba muy cerca de construir un ingenio para viajar en el tiempo. Al entrar en el laboratorio la vieron en el centro de la sala: era una caja negra de dos metros de altura y un metro en las otras dos dimensiones. “En la cuarta dimensión es infinita”, pensó el profesor Rufus, ensayando una frase grandilocuente para el próximo congreso.
El profesor Dreyer se acercó hacia la máquina, pero le detuvo el inventor.
- Aún no, amigo. Se la mostraré después de haberla hecho funcionar. Seré el primer hombre que se desplace en el tiempo. Comenzaremos por un viaje de cinco minutos hacia el futuro.
El profesor Espinosa entró en la caja y cerró la puerta. Dreyer miró su reloj: eran las dos y catorce minutos de la mañana. Cuando levantó la vista de su muñeca la máquina había desaparecido. Los dos científicos se mantuvieron en silencio, reflexionando, incluso algo asustados, mirando de cuando en cuando el reloj, hasta que la máquina del tiempo volvió a las dos y diecinueve minutos. El profesor Espinosa salió sonriente de la caja negra y recibió el abrazo de sus colegas.
- Había preparado un coñac para este momento – dijo mientras servía abundante licor sobre tres copas.
- ¿Sería posible un viaje hacia el pasado? – preguntó el profesor Rufus.
- ¿Por qué no? – contestó el ufano Espinosa -. Lo comprobaremos ahora mismo.
El profesor volvió a entrar en su máquina y dijo desde dentro: “Diez minutos”.
Mientras Dreyer contemplaba un meteorito que cruzaba el firmamento, su colega observó que la máquina esta vez no había desaparecido.
El profesor Espinosa salió sonriente de la caja negra y recibió el abrazo de sus colegas.
- Había preparado un coñac para este momento – dijo mientras servía abundante licor sobre tres copas.
- ¿Sería posible un viaje hacia el pasado? – preguntó el profesor Rufus.
- ¿Por qué no? – contestó el ufano Espinosa -. Lo comprobaremos ahora mismo.
El profesor volvió a entrar en su máquina y dijo desde dentro: “Diez minutos”.
Mientras Dreyer contemplaba un meteorito que cruzaba el firmamento, su colega observó que la máquina esta vez no había desaparecido.
Los profesores Rufus y Dreyer habían acudido ansiosos a la llamada del profesor Espinosa. Sabían que se hallaba muy cerca de construir un ingenio para viajar en el tiempo. Al entrar en el laboratorio la vieron en el centro de la sala: era una caja negra de dos metros de altura y un metro en las otras dos dimensiones. “En la cuarta dimensión es infinita”, pensó el profesor Rufus, ensayando una frase grandilocuente para el próximo congreso.
El profesor Dreyer se acercó hacia la máquina, pero le detuvo el inventor.
- Aún no, amigo. Se la mostraré después de haberla hecho funcionar. Seré el primer hombre que se desplace en el tiempo. Comenzaremos por un viaje de cinco minutos hacia el futuro.
El profesor Espinosa entró en la caja y cerró la puerta. Dreyer miró su reloj: eran las dos y catorce minutos de la mañana. Cuando levantó la vista de su muñeca la máquina había desaparecido. Los dos científicos se mantuvieron en silencio, reflexionando, incluso algo asustados, mirando de cuando en cuando el reloj, hasta que la máquina del tiempo volvió a las dos y diecinueve minutos. El profesor Espinosa salió sonriente de la caja negra y recibió el abrazo de sus colegas.
- Había preparado un coñac para este momento – dijo mientras servía abundante licor sobre tres copas.
- ¿Sería posible un viaje hacia el pasado? – preguntó el profesor Rufus.
- ¿Por qué no? – contestó el ufano Espinosa -. Lo comprobaremos ahora mismo.
El profesor volvió a entrar en su máquina y dijo desde dentro: “Diez minutos”.
Mientras Dreyer contemplaba un meteorito que cruzaba el firmamento, su colega observó que la máquina esta vez no había desaparecido.
El profesor Espinosa salió sonriente de la caja negra y recibió el abrazo de sus colegas.
- Había preparado un coñac para este momento – dijo mientras servía abundante licor sobre tres copas.
- ¿Sería posible un viaje hacia el pasado? – preguntó el profesor Rufus.
- ¿Por qué no? – contestó el ufano Espinosa -. Lo comprobaremos ahora mismo.
El profesor volvió a entrar en su máquina y dijo desde dentro: “Diez minutos”.
Mientras Dreyer contemplaba un meteorito que cruzaba el firmamento, su colega observó que la máquina esta vez no había desaparecido.
sábado 6 de junio de 2009
Revancha
Dimitri se desperezó sobre la butaca cuando el tren se detuvo y disfrazó un gruñido con el estridente chirriar de las ruedas del tren regional. Al descender del vagón, le saludó con escasa consideración un cartel sucio con la palabra Sestao, y le extrañó lo diferente que lo leía en ese momento respecto a las pequeñas letras azuladas de los boletos de la quiniela. Ésas eran las únicas veces que había visto escrito anteriormente el nombre de ese pueblo, tan lejano a Coslada. Tres días antes había recibido la llamada de Roberto informándole que le había conseguido unas partidas simultáneas en un pueblo del País Vasco. El capataz le advirtió que fuera esa la última vez que llevaba en el bolsillo el móvil cuando estuviera subido en un andamio de su obra. Por la noche, buscó en un atlas aquella localidad.
Sacó de su cartera un papelito, lo desdobló, y se acercó a la parada de taxis.
- ¿Dónde está el parque de Nafarroa?
El taxista le miró desde el asiento de su coche y diluyó la precaria sonrisa que se le había dibujado al verle acercarse.
- Lejos, lejos –afirmó ayudado por un gesto amplio con la mano izquierda.
- No importa, caminaré.
El taxista le ofreció unas vagas indicaciones y comenzó a andar en la dirección que le había dicho. Hacía un sol agradable. Le golpeaba en la cara y cerró los ojos para agarrarlo mejor con los poros de su rostro lampiño. Sin duda, el frío era lo que menos añoraba de Kiev. Se vio obligado a preguntar a otro par de personas antes de llegar al parque de Nafarroa. En el papelito doblado también había apuntado un nombre, señor Urrieta. Se sentó en el césped a descansar un rato. Notaba que la humedad de la hierba recién amanecida le cosquilleaba las nalgas. Sacó el ajedrez magnético del maletín y apartó la tapa de metacrilato. Las piezas se encontraban colocadas tal y como estaban antes de que Gary Kasparov le diera jaque mate en la final. Se frotó los ojos con el dorso de la mano derecha. No había dormido apenas nada durante el viaje. Se pasó toda la noche con los ojos cerrados, pero no consiguió apresar el sueño, repetía una y otra vez aquella partida, como muchas otras noches, únicamente desfilaba ante sus ojos ese caballo negro que le amenazó su dama. Durante los once años que se habían arrastrado desde aquella partida, aún no había conseguido ver la maniobra envolvente que había ejecutado Kasparov. No podía decir que el campeón hubiera urdido una trampa en la que Dimitri hubiera caído como un zorro en un cepo. Simplemente el caballo se había materializado en una casilla de la cuadrícula blanquinegra en la que con el auxilio del peón del alfil del rey, había perdonado la vida de su reina. Este hecho le sorprendió, pero tres jugadas después se vio abocado a una posición de evidente desventaja que le anunciaba que iba a perder la partida.
Se levantó del suelo y se sacudió el pantalón con la mano para desprender las briznas de hierba que se le habían adherido. Al comenzar a caminar sintió que tenía húmedo el culo. Llegó al centro de la plaza y vio unos bancos contiguos y unas mesas de madera carcomida con unos tableros de ajedrez y un reloj al lado de cada uno de ellos. Se acercó a un hombre vestido con un traje gris y le preguntó si él era el señor Urrieta. El desconocido le palmeó el hombro y se interesó por su viaje. Le presentó a sus ocho contrincantes, cinco hombres y tres mujeres. El brillo de los ojos de una de ellas le recordó a las cabezas de los peones negros. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo y encendió un cigarro. Después de expulsar el humo de la tercera calada se aventuró a preguntar a Urrieta por el dinero.
- Pero ya hice la transferencia de los trescientos euros al señor López.
Dimitri afirmó con la cabeza levemente. Roberto aún no le había dado nada y había hablado únicamente de cien euros. En esos momentos lo único que esperaba era que le pagara a más tardar durante el mes siguiente.
Las partidas comenzaron. De los ocho competidores, a cuatro de ellos los fulminó en una docena de movimientos. Para algunos otros, hubo de invertir algunas jugadas más. Pasada una hora, solamente quedaba la mujer de los ojos negros. Se fijó en que no era más que una chiquilla, no estimaba que superara los veintidós años. Un lunar yacía sobre su labio superior. También se fijó en que llevaba un botón de la camisa desabrochado. Se le heló la sangre cuando asimiló la disposición de las piezas: era exactamente igual al mapa del tablero siete jugadas antes de que Kasparov le diera el mate, la misma que tenía en esos momentos su ajedrez magnético. Se preguntó si aquella chica tan joven habría estudiado esa partida y la había reproducido paso a paso, sin él darse cuenta. Tal vez hubiera abierto su camisa para que el vértigo de sus senos le confundiera. Presintió que esa iba a ser la segunda vez que perdiera desde que conquistara el título de Gran Maestro. Cerró los ojos para no ver esa posición diabólica, pero era inútil, parecía como si alguien le hubiera cincelado el tablero de ajedrez en el interior de sus párpados. Abrió los ojos y estuvo tentado de derribar las piezas de un manotazo y estrangular a aquella chica. Pero, de pronto, lo comprendió todo, vio el salto repentino del caballo negro de Kasparov, vio el avance solapado del peón del rey, vio la diagonal tenebrosa del alfil. Descubrió que sacrificando su reina estaría en una situación ventajosa y que en cinco jugadas ganaría la partida. Sonrió y dejó deslizar la última mirada desde los oscuros ojos de la joven hasta el propicio escote. Pisó la colilla casi consumida del cigarro que le abrasaba los labios. Apoyó el índice de la mano derecha sobre la cruz de su rey y lo volcó, haciéndolo pendular sobre la superficie del tablero.
Sacó de su cartera un papelito, lo desdobló, y se acercó a la parada de taxis.
- ¿Dónde está el parque de Nafarroa?
El taxista le miró desde el asiento de su coche y diluyó la precaria sonrisa que se le había dibujado al verle acercarse.
- Lejos, lejos –afirmó ayudado por un gesto amplio con la mano izquierda.
- No importa, caminaré.
El taxista le ofreció unas vagas indicaciones y comenzó a andar en la dirección que le había dicho. Hacía un sol agradable. Le golpeaba en la cara y cerró los ojos para agarrarlo mejor con los poros de su rostro lampiño. Sin duda, el frío era lo que menos añoraba de Kiev. Se vio obligado a preguntar a otro par de personas antes de llegar al parque de Nafarroa. En el papelito doblado también había apuntado un nombre, señor Urrieta. Se sentó en el césped a descansar un rato. Notaba que la humedad de la hierba recién amanecida le cosquilleaba las nalgas. Sacó el ajedrez magnético del maletín y apartó la tapa de metacrilato. Las piezas se encontraban colocadas tal y como estaban antes de que Gary Kasparov le diera jaque mate en la final. Se frotó los ojos con el dorso de la mano derecha. No había dormido apenas nada durante el viaje. Se pasó toda la noche con los ojos cerrados, pero no consiguió apresar el sueño, repetía una y otra vez aquella partida, como muchas otras noches, únicamente desfilaba ante sus ojos ese caballo negro que le amenazó su dama. Durante los once años que se habían arrastrado desde aquella partida, aún no había conseguido ver la maniobra envolvente que había ejecutado Kasparov. No podía decir que el campeón hubiera urdido una trampa en la que Dimitri hubiera caído como un zorro en un cepo. Simplemente el caballo se había materializado en una casilla de la cuadrícula blanquinegra en la que con el auxilio del peón del alfil del rey, había perdonado la vida de su reina. Este hecho le sorprendió, pero tres jugadas después se vio abocado a una posición de evidente desventaja que le anunciaba que iba a perder la partida.
Se levantó del suelo y se sacudió el pantalón con la mano para desprender las briznas de hierba que se le habían adherido. Al comenzar a caminar sintió que tenía húmedo el culo. Llegó al centro de la plaza y vio unos bancos contiguos y unas mesas de madera carcomida con unos tableros de ajedrez y un reloj al lado de cada uno de ellos. Se acercó a un hombre vestido con un traje gris y le preguntó si él era el señor Urrieta. El desconocido le palmeó el hombro y se interesó por su viaje. Le presentó a sus ocho contrincantes, cinco hombres y tres mujeres. El brillo de los ojos de una de ellas le recordó a las cabezas de los peones negros. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo y encendió un cigarro. Después de expulsar el humo de la tercera calada se aventuró a preguntar a Urrieta por el dinero.
- Pero ya hice la transferencia de los trescientos euros al señor López.
Dimitri afirmó con la cabeza levemente. Roberto aún no le había dado nada y había hablado únicamente de cien euros. En esos momentos lo único que esperaba era que le pagara a más tardar durante el mes siguiente.
Las partidas comenzaron. De los ocho competidores, a cuatro de ellos los fulminó en una docena de movimientos. Para algunos otros, hubo de invertir algunas jugadas más. Pasada una hora, solamente quedaba la mujer de los ojos negros. Se fijó en que no era más que una chiquilla, no estimaba que superara los veintidós años. Un lunar yacía sobre su labio superior. También se fijó en que llevaba un botón de la camisa desabrochado. Se le heló la sangre cuando asimiló la disposición de las piezas: era exactamente igual al mapa del tablero siete jugadas antes de que Kasparov le diera el mate, la misma que tenía en esos momentos su ajedrez magnético. Se preguntó si aquella chica tan joven habría estudiado esa partida y la había reproducido paso a paso, sin él darse cuenta. Tal vez hubiera abierto su camisa para que el vértigo de sus senos le confundiera. Presintió que esa iba a ser la segunda vez que perdiera desde que conquistara el título de Gran Maestro. Cerró los ojos para no ver esa posición diabólica, pero era inútil, parecía como si alguien le hubiera cincelado el tablero de ajedrez en el interior de sus párpados. Abrió los ojos y estuvo tentado de derribar las piezas de un manotazo y estrangular a aquella chica. Pero, de pronto, lo comprendió todo, vio el salto repentino del caballo negro de Kasparov, vio el avance solapado del peón del rey, vio la diagonal tenebrosa del alfil. Descubrió que sacrificando su reina estaría en una situación ventajosa y que en cinco jugadas ganaría la partida. Sonrió y dejó deslizar la última mirada desde los oscuros ojos de la joven hasta el propicio escote. Pisó la colilla casi consumida del cigarro que le abrasaba los labios. Apoyó el índice de la mano derecha sobre la cruz de su rey y lo volcó, haciéndolo pendular sobre la superficie del tablero.
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