domingo, 18 de mayo de 2008

Doña Margarita

Desde que despidieron a Jaime de la pastelería, no había conseguido ningún otro trabajo. Destinaba los días a fatigar todas las tiendas de la ciudad interrogando para ver si se requería cualquier tipo de ocupación. Durante las noches, revolvía los contenedores de basura, rescatando de cuando en cuando algo que pudiera serle de utilidad. Se sorprendía de la cantidad de ropa que la gente despreciaba, ropa incluso de buena calidad y sin ningún tipo de desperfectos, afirmaba mientras se contemplaba en el espejo de su casa. También hallaba objetos de lo más variado, desde peines cariados hasta radios afónicas, que los fines de semana disponía sobre una sábana en la calle Atocha.

Un miércoles helado, Jaime encontró el bolso de doña Margarita. No había sido encerrado en alguna bolsa de supermercado, ni siquiera lo habían sumergido en la panza del contenedor, sino que simplemente yacía sobre el lecho anaranjado. Era un bolso de cuero y cierre metálico. Las esquinas estaban ya despellejadas. Sonó un clic cuando lo abrió. Paseó con torpeza los dedos por el interior del bolso. Jaime vio sobres, fotos, y algo que parecía un billete de mil pesetas. Había oído que en el Banco de España aún podían canjearse por euros, por lo que lo guardó en el bolsillo y se propuso cambiarlo al día siguiente. En ese momento pensó que tal vez hubiera más dinero escondido dentro del bolso. Sintió miedo por si alguien le observara y dedujera erróneamente que lo había robado. Resolvió guardarlo en su mochila y regresar a casa, donde podría seguir inspeccionando con mayor tranquilidad.

Mientras calentaba con una resistencia eléctrica una sopa de sobre, comprobó que no se había equivocado: había monedas de veinticinco y cien pesetas, y un billete de cien, quinientas, mil, dos mil y hasta de cinco mil pesetas. Ese dinero, bien administrado, podía durarle bastante. Por el bolso podría sacar incluso seis euros, fantaseó. La sopa estaba asentándose en su estómago, le estaba sentando bien. Cuando la terminó, dobló en dos la almohada y se tumbó en la cama. Desparramó las fotos encima de la colcha. Cogió una de ellas al azar. Le sonreía una mujer de aproximadamente su edad, aunque la foto se veía ya antigua, los bordes estaban rajados. Llevaba unas gafas de montura cuadrada negra y una camisa de flores. El sol brillaba en su pelo. Detrás de ella había una casa de cal coronada por una placa con el número catorce. Tanteó la cama buscando más fotos. Cogió varias y las miró detenidamente. En todas ellas se encontraba aquella mujer cincuentona, siempre vestida de manera desenfadada y colorida, siempre con una sonrisa que se le derramaba de la boca. En casi todas, aparecía aquel pueblo de casas blancas y sol destellante. Jaime tuvo la impresión de que ese pueblo debía oler a aceitunas. Se incorporó de la cama y vació la cartera sobre la colcha. Cayeron más fotografías y un anillo con un sello rotundo. Se levantó y hurgando un cajón rescató un cigarrillo impotente. Mientras lo fumaba, siguió viendo esas nuevas fotos que habían aparecido. En éstas, el fondo había cambiado. Ya no se trataba de un paisaje campesino, sino que la inmensidad del mar lo dominaba todo. Jaime pensó que él nunca había visto el mar. En ellas, aquella mujer aparecía erguida con los brazos detrás de la espalda, siempre sonriendo. Llevaba un bañador azul que rivalizaba con aquellos cielos limpios de nubes. No llevaba gafas y Jaime descubrió que tenía los ojos verdes. Giró la fotografía y, con tinta roja, aparecía escrito: “Gandía, verano del ochenta”, así, escrito con letras en lugar de con números. Continuó observando las fotos. Ahora estaba en un apartamento de playa, dedujo Jaime. El agua del mar se colaba por las ventanas abiertas. Apartó una fotografía que mostraba únicamente sus piernas gruesas aprisionadas por unos shorts blancos. En otra fotografía había un hombre. Era un hombre calvo y muy delgado, de bigote rancio, que intentaba ocultar su rostro con un gesto de la mano.

Cuando terminó con las fotos, cogió el mazo de cartas ahorcado por una goma elástica verde. No tenían remitente, tan solo una inicial, una letra p mayúscula. El remite de todas ellas era “Margarita González Castro, calle San Antonio, 14 Andújar (Jaén)”. No llegaban a la media docena. Las leyó de un tirón, repasando algunos párrafos que no conseguía entender bien. La letra era inequívocamente masculina; eran trazos fuertes, en donde las tes sombrereaban toda la palabra. Le llamó la atención que ninguna i se hallara puntuada. Las releyó ordenándolas por las fechas del matasellos, No eran cartas de amor. Hablaban de un verano en la costa y de un invierno lluvioso en Bilbao. En las últimas, se desparramaba una desesperación por la falta de respuesta.

Aquella noche Jaime durmió mal. La noche del domingo regresó al edificio donde había encontrado la cartera de doña Margarita. Rebuscó en la basura, pero no vio nada de interés. Miró hacia arriba y en un balcón había un cartel de “Se vende”. Jaime regresó a su casa y volvió a calentarse una sopa de sobre. El fin de semana consiguió vender el bolso por ocho euros.

Dos billetes de veinte euros

Camilo no recordaba a la primera mujer con la que se acostó. En realidad, no tenía ni idea de quién había sido la segunda ni la tercera ni la cuarta. Pero sí que permanecía en él un recuerdo esculpido en piedra de la quinta. Se llamaba Clara Monzón Arrieta. Vivía en la calle Doctor Fourquet de Madrid, y su padre se llamaba Venancio y su madre Clara, como ella. Sabía todos esos datos porque, mientras Clara dormía profundamente después de esa noche de sexo y cocaína, Camilo se había levantado de la cama y había hurgado en su bolso. De la cartera sacó el carné de identidad. Miró la foto y constato que Clara se había teñido el pelo de rubio, y se sorprendió de que la sonrisa boba que mostraba la foto le pareciera adorable. En el interior del bolso también había un bolígrafo, un cuadernito de tapas duras de colores y un cucurucho arrugado con castañas asadas. Del piso de al lado vinieron las campanadas de un reloj de pared. Camilo contó hasta cuatro, aunque perdió la cuenta y no estaba seguro si no habría sonado alguna más. Sacó dos billetes de veinte euros de la cartera y cerró el bolso. Se acercó a la cama y metió los billetes debajo del almohadón. Al apoyar la cabeza crepitaron como la leña que arde en la chimenea. No se dio cuenta de cuando se durmió. Cuando se despertó, la luz del día ya anegaba la habitación. Clara seguía tumbada a su lado. Tardó unos segundos en descubrir que estaba muerta. Camilo se incorporó de un salto, aunque no llegó a gritar. La almohada cayó al suelo y los dos billetes de veinte euros se mostraron arrugados. Recogió la ropa que agonizaba en el suelo y se vistió apresuradamente. Cogió los billetes y los guardó en el bolsillo hechos una bola. Antes de salir de la casa, giró sobre sus pasos y volvió a meter el dinero en la cartera de ella. Por un momento, valoró la posibilidad de avisar a Venancio.

miércoles, 14 de mayo de 2008

Top Manta

Hacía ya ocho días que Ruth no le cogía el teléfono. Cuando el tono del móvil cambiaba para informar que el interlocutor no estaba disponible, Pablo se quedaba mirando el aparato durante unos segundos, como si ese hecho pudiera conjurarla de alguna manera. Se puso el uniforme y salió de su casa. El sonido de la puerta al cerrarse nunca le había parecido tan hueco. Pasó la mano por debajo de la barbilla. Hacía ya ocho días que no se afeitaba.

Al entrar en la comisaría de Leganitos, el inspector López le guiñó un ojo. Tardó unos instantes en comprender que este gesto se debía a la confianza que López había depositado en su próximo ascenso. Se sentó a su mesa y ojeó unos papeles que tenía en el cartapacio. Cuando los guardó en el archivador, constató que si alguien le hubiera preguntado sobre qué trataban, no hubiera sabido responder.

Adujo una vaga e imprecisa excusa y salió de la comisaría, no aguantaba el calor allí dentro. Caminó hacia la Gran Vía. Cogió el móvil para llamar a Ruth, y en esa ocasión la jungla de los automóviles le impidió saber si la llamada había finalizado. Comprobó que ella no había cogido del teléfono. Bajó por Montera hasta Sol. Las prostitutas bajaban la vista a su paso, y el cuello se le desgobernó cuando alcanzó la tienda de vestidos de novia.

Pablo aceleró el paso al llegar a la calle del Carmen. Decidió que debía entrar en una perfumería y comprar a su novia un bote de colonia, uno grande de Channel nº 5, le parecía recordar que Ruth alguna vez le había hablado sobre él. Enfrente de la peluquería, salpicadas por el suelo, se extendían un montón de sábanas con discos piratas y bolsos de imitación. Cuando lo vieron, los negros recogieron rápidamente sus sábanas y comenzaron a correr en dirección a Callao. Un teléfono móvil, de color rojo, igual que el de Ruth, quedó girando como si fuera una peonza lánguida. Pablo se lanzó a su persecución. En su huida, uno de ellos tropezó con una señora de edad avanzada y la derribó. Pablo consiguió agarrar del cuello a uno de los negros, que cayó al suelo. Su sabana se abrió y escupió sobre las baldosas varias cajas de colonia. El africano le miraba con los ojos empapados de sudor. Miró hacia abajo y una caja de Channel nº 5 se rozaba contra su bota como si fuera una gata mimosa. La recogió del suelo, le dio al negro un billete de veinte euros y, mientras se dirigía con pasos demorados hacia Sol, sacó del bolsillo su móvil.

viernes, 9 de mayo de 2008

Hora de cierre

La camarera estaba sentada a una mesa ordenando naipes y agrupándolos en mazos separados. Los acariciaba con sus dedos y hacía deslizar las cartas de una mano a otra. En ocasiones, cuando consideraba que el tacto de unas y otras difería, las volteaba para comprobar si pertenecían a la misma baraja o si por el contrario se trataba de una intrusa.

Quedaba un único cliente en el bar. El hombre persianaba los ojos con los párpados y murmuraba frases ininteligibles, gesticulando con vehemencia hacia su vaso de Larios con tónica. Se levantó, depositó un billete sobre la barra y se marchó con pasos titubeantes. Ella cerró con llave la puerta y subió el volumen de la televisión. Se volvió a sentar y observa los ocho mazos de cartas que cuidadosamente había acabado de recoger. Dejó caer las dos manos sobre las barajas y las segó con los brazos hasta convertir la mesa en un campo de batalla caótico. Cogió dos naipes y sonrió al constatar que se trataban de un cuatro y un cinco de copas.

domingo, 4 de mayo de 2008

El himno

Castro formó parte del primer once que jugó el Hinojosas, hacía ya cincuenta años. Por entonces contaba con veintipocos años y un inconmensurable amor por la pelota y por Rosita, la muchacha más hermosa del pueblo. Unas rodillas torturadas por las patadas y los campos trufados de piedras obligaron a que abandonara el fútbol. Un cáncer en los huesos le separó de Rosita, después de una vida y una vejez acompañada finalmente por caricias rugosas de sesentones.

Nunca pudo dimitir del todo de su equipo. Cuando dejó de jugar, se dedicaba a pasar la fregona por los vestuarios, a quitar una a una las rocas que salpimentaban el campo o a lavar la camiseta de los jugadores. Todos los días de la semana se le veía, sobre todo después de enterrar a Rosita, paseándose por el campo de fútbol, recordando sus días de ínfima gloria, dando patadas a balones invisibles, pertinazmente abrigado por su terno gris nevado de una capa costrosa y su infame y pestilente tagarnina colgando de la comisura de sus labios.

Aquel año se cumplía el cincuenta aniversario del primer partido del Hinojosas. Apenas quedaban vivos tres o cuatro hombres de esa primera alineación. Don Roque, el alcalde del pueblo, que alternaba el PSOE y el PP cada cuatro años, según soplaran los vientos, estimó que el equipo tuviera un himno. El problema estribaba en las magras arcas municipales para contratar un músico que lo compusiera y en el nulo talento que atesoraban los parroquianos para la música. Castró recordó que Rosita poseía algunas nociones de solfeo que había intentado inculcarle con moderado éxito durante sus primeros años de noviazgo, cantándole al oído canciones de la Piquer mientras bailaban agarrados en las fiestas. Camilo, el dueño del bar, destacó que había algún remoto y alambicado parentesco entre Castro y el bajista de Fórmula V. Castro se dijo que porqué no. Don Roque sabía que no había ninguna otra opción, al menos más económica, por lo que encargó al ex - jugador y ex - jornalero la composición del himno.

Castro se encerró en su casa durante dos semanas. Rescató del fondo del arcón unos blocs descascarillados y ahogados de polvo. Todos los días, después de fregar los platos del almuerzo, se sentaba a la mesa con un lápiz de punta afilada y un vaso de vino y emborronaba esos cuadernitos que olían a humedad.

Llegó el día del partido. Todo el pueblo se había reunido en el campo para escuchar aquel himno en el que tan denodadamente había trabajado Castro. El encuentro comenzó y Castro no aparecía. La calva de Don Roque refulgía de indignación y los parroquianos no podían evitar una sonrisa. “¿A quién se le habría ocurrido plantear esa tarea a una persona con tan pocas luces como Castro?”, se preguntaban unos a otros con jolgorio. Mediada la segunda parte, llegó Castro con un órgano Casio que le había prestado un amigo en el pueblo de al lado. Hubo de confesar al alcalde que se había quedado dormido, que estaba extenuado del trabajo que había tenido que realizar para concluir el himno para el día del partido. Observó apesadumbrado que perdían dos a cero. Camilo había traído de su equipo para las fiestas un micrófono y unos altavoces. Los colocó al lado del órgano y los conectó. Castro pulsó un botón del Casio y un ritmillo comenzó a sonar. La risa arreció entre el público. Castro colocó las manos sobre el teclado y comenzó a mover los dedos sobre las teclas y a cantar, y la melodía que surgía del instrumento y la voz que emanaba de su boca saturada de tabaco conmovió de tal modo a los parroquianos que se produjo un silencio de plomo. Los veintidós jugadores se fueron deteniendo paulatinamente y todos miraban a aquel hombre de cabellera rebelde y terno raído y oscuro que cantaba con la voz más hermosa que habían escuchado nunca. Cuando acabó el himno, todos los presentes, espectadores y futbolistas, con lágrimas como gotas de lluvia, comenzaron a aplaudir a Castro. Él, que del fútbol sólo había recibido patadas y silbidos, saludó a todos con gesto torero girando sobre sus talones.

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