lunes, 17 de septiembre de 2012

Ropa de verano

El día siguiente era el último de colegio. Ricardo  había logrado convencer a su madre de que  ningún niño de clase llevaba ya pantalones cortos, que eso eran cosas de los más pequeños. Aquella noche volvió a casa más tarde de lo acostumbrado: había estado jugando una partida al Monopoly con Rubén que se había estirado más de la cuenta. Cuando llegó su madre estaba sentada ya a la mesa. Apenas le habló durante la cena  y Ricardo notó que los guisantes estaban algo fríos, pero no se quejó. Antes de dormirse, escuchó una lluvia pertinaz golpear contra los cristales de la ventana. Cuando su madre lo despertó para ir al colegio, ya le tenía preparada la ropa: un polo rojo y los pantalones cortos azul marino. Ricardo salió de casa dando un portazo y gritó que su padre le hubiera dejado llevar la ropa que le hubiera dado la gana. En el cielo el sol lucía, aunque un profundo olor a humedad le rodeaba. Ese último día de escuela se mantuvo apartado de todos detrás del patio de recreo y ni siquiera se atrevió a hablar con Susana. Volvió a casa caminando despacio, mostrando sus dos piernas blancas y gruesas, y con la mano sujetaba el boletín de notas con unas buenas calificaciones. Al pasar por la era donde solían jugar al fútbol, vio cómo el sol reverberaba los charcos. Corrió hacia uno de ellos, el mayor de todos, y saltó y saltó encima de él, ensuciando la tarjeta de sus notas y sus piernas desnudas.

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