martes, 26 de mayo de 2009

Celos

- La puta congestión –se lamentó Juan mientras se sonaba ruidosamente la nariz con un trozo de papel higiénico-. No creo que pueda acompañarte hoy.

Isabel, terminando de pintarse los ojos, le miró a través del espejo y le preguntó si tan mal se encontraba, que le encantaría que fuera con ella.

- Si no hubiera perdido el móvil, te llamaría después, para ver cómo te encuentras.

Cuando ella cerró la puerta y el sonido de sus tacones se disolvía en el silencio
del pasillo, Juan se dirigió al baño y se lavó los ojos con agua fría. Su mirada excesivamente encarnada le hizo sospechar que era probable que se hubiera propasado con la cantidad de pimienta negra que había esnifado. Fue a su cuarto y comenzó a abrir los cajones de su mujer. Por un momento sintió algo parecido a ternura cuando vio toda su ropa interior perfectamente planchada y colocada. Para no claudicar ante esa mezcla de piedad y rosas que comenzaba a conquistarle, hundió los brazos en el cajón y extrajo todo como si estuviera paleando en barro. El suelo del cuarto se salpicó de un arco iris delirante de bragas, tangas y sujetadores. Uno a uno los cogió y se los fue acercando a la cara, interrogándolos por algún olor extraño en ellos. Alguno se humedeció del moquillo que no le cesaba de fluir desde la nariz. Con avaricia de pordiosero, tanteó el fondo de los cajones. Notó que la uña del dedo índice se le aserraba contra la madera. Desde hacía dos años, un detective la seguía a todas partes y le pormenorizaba todas sus actividades fuera de la casa. Hasta en cuatro ocasiones se vio obligado a contratar otros investigadores, que él estimaba más minuciosos a juzgar por la minuta cada vez más elevada que le cobraban. Rastreó los bolsillos de sus chaquetas, y únicamente halló un ticket de Carrefour, donde había comprado yogures, queso, una bandeja de pechugas de pollo y la pizza congelada que habían cenado el sábado anterior Con el auxilio de una calculadora computó el cambio devuelto.

Prendió un cigarro mientras encendía el móvil de Isabel. Comparaba los números grabados de los contactos que tenía con los almacenados es su propio teléfono. Lo volvió a ocultar entre los cojines del sofá y se frotó enérgicamente la cara con las dos manos. Se dirigió hacia el baño, donde vertió el contenido de los botes de gel y champú. Una serpiente multicolor reptaba lenta y silenciosamente hasta ahogarse por el sumidero del baño.

Cuando se dirigía al salón, sonó el teléfono de mesa. Isabel le dijo que llamaba desde una cabina y que si estaba mejor. Cuando colgó, apresuró sus pasos hacia el salón. Abrió las carátulas de todos los cedés y estudió con insania las letras de las canciones, intentando descifrar su orden de colocación. Empezó a recordar cuándo le regaló todos y cada uno de ellos. Se abanicó con todos los libros de la estantería y revisó el fondo de cada plato y vaso.

Juan recogió los trozos de papel higiénico arrugados que minaban el suelo, los llevó al baño y los arrojó a la taza. Dejó caer una cerilla encendida. El papel se retorcía y se subrayaba de óvalos oscuros que se expandían, y ese olor agudo se le clavaba en el fondo de la nariz. Isabel lo engañaba.

sábado, 4 de abril de 2009

Empirismo

Hasta que no tuvo delante el plato humeante de sopa de tuétano, hasta que no lo saboreó y paladeó lentamente, Tomás no entendió completamente qué era lo que Berta quería decirle cuando le afirmaba con rotundidad que le amaba hasta el tuétano de sus huesos.

jueves, 29 de enero de 2009

Queso agrio

El despertador suena a las cinco de la mañana. David, con los ojos aún fruncidos por el sueño, va al cuarto de baño y se asea con un somero lavado. La ducha, para el final de la jornada, justo antes de dormir. Con la pelliza de pana abrochada hasta arriba, casi cerrándole la boca, se dirige hacia el establo. Lleva realizando esas mismas acciones rutinarias más de cuarenta años, siempre con la misma determinación y diligencia. Sin embargo, últimamente sus pasos hacia los animales son más desganados, más arrastrados, como si la hierba le agarrase de los pies. Calienta las manos con el aliento de la boca y, sentándose en una banquetita de madera, comienza a ordeñar las ovejas. Nos enseña el cubo de latón, y vemos que la leche espumosa y humeante apenas ha conseguido manchar el fondo metálico. “Y así con todas”, afirma con seriedad. Desde hace unos meses, los lobos han arruinado la población de ovejas de la comarca, más de quinientas han sido devoradas durante las noches heladas de esa provincia manchega. “No son lobos, son perros asilvestrados”, se apresura a corregirme con la mirada perdida en los montes. David nos cuenta que alguna vez aparece destrozado el cadáver de alguno de estos perros, muerto sin duda en alguna pelea nocturna contra los lobos. De este modo, el enemigo atávico de los ganaderos, protagonista indudable de todos los cuentos que David escuchaba atemorizado de pequeño, se ha convertido en un inesperado aliado, que pelea contra aquel rival advenedizo que le disputa el alimento o que le intenta usurpar el territorio.

De cuando en cuando, con la escopeta bajo el brazo, los lugareños fatigan el monte intentando acabar con alguno de esos enemigos. “Y a veces lo conseguimos, pero otras no”, afirma con una mezcla de complacencia y resignación.

“Ahora estamos jodidos”, comienza David, aunque se detiene con algo de bochorno por haber dicho esa palabra malsonante delante mía. Aún sin levantar la mirada de las manos, continúa: “Las cosas nos van mal. La crisis la padecemos como el resto de los españoles, pero ahora se suma que las ovejas producen menos leche, están estresadas. Además, García Baquero está comprando leche afgana, les sale más barata, dicen. También tenemos más gastos. Continuamente tenemos que estar reponiendo cercas de alambre que esos… (David se detiene) que esas bestias destrozan”.

Salimos a dar un paseo por el bosque. Nos señala continuamente diversos arbustos, ilustrándonos con su nombre y con alguna propiedad medicinal que atesoran. Hoy es domingo, día de caza. Esporádicamente se escuchan en la lejanía algunos disparos que reverberan por el monte hasta que se extinguen, y unos remotos ladridos de perros que provocan un estremecimiento en David. De vuelta a la casa, Adela, la mujer de David, nos está esperando con una botella de Valdepeñas y unos tacos de queso. “Éste es nuestro, lo hicimos aquí hace unos seis meses”, nos dice con orgullo mal disimulado. Evidentemente, comparar el sabor de ese queso elaborado con las propias manos de esa familia ganadera con cualquiera de los que García Baquero nos ofrece en el supermercado, sería como asemejar el Himalaya a Gredos.

Donde hay amor, hay visión

Revista digital poética:
http://www.ibioculus.com/

martes, 16 de diciembre de 2008

Por la mañana

Miras el reloj y son las seis y veinte, el tren está a punto de salir. Te sientes cansado, la noche anterior estuvo poblada de confusos y delirantes sueños, que ahora no eres capaz de recordar, nada más allá de un pastoso sabor de boca. Un pitido suena insistentemente y anuncia que el tren se dispone a arrancar. Te has colocado en el asiento de la ventanilla, y apoyas la cabeza contra el cristal, te apacigua ese sentimiento de fresco que te recorre la frente y que se extiende por todo tu cuerpo como si fuera una húmeda serpiente. Aún es noche cerrada, y sufres por la ciudad que se va estirando como una goma elástica, desgajándose en barrios misérrimos cada vez más pobremente iluminados, hasta que la noche se apodera de esas fábricas somnolientas y de las chabolas desesperadas.

El vagón se halla salpicado de obreros de rasgos eslavos que cabecean unánimemente al compás del traqueteo del tren. Te giras y en el asiento de detrás ves que hay un periódico gratuito. Lo coges y lo hojeas sin mucha convicción. Las páginas crepitan entre los dedos, y lees que el madrid ganó dos a cero y que una película americana de superhéroes fue la más vista la semana pasada. Sabes que hoy en la empresa te van a dar la carta de despido. Zapatero negocia con otros partidos para formar un gobierno estable. Tienes la sensación de que las hojas del diario huelen a culo, y estimas que en el trayecto anterior alguien debió de estar sentado encima de él. Lo escupes al asiento de al lado como si fuera una flema. Vuelves la mirada hacia la ventanilla y ves una playa de arenas blancas y un mar donde el sol juguetea sobre la espuma de las olas. Un albatros sobrevuela el agua y se posa sobre una piedra. Te rascas con el meñique el ojo izquierdo, y detrás de la ventanilla ves alguna farola que solloza su luz anaranjada iluminando un bloque gris de pisos. Miras al resto de viajeros, no sabes si alguien más vio lo mismo que tú. Todos duermen, excepto un viejo de poblada barba blanca y unas arrugas que le desprenden la boca. Él te mira fijamente, y, por pudor, vuelves a apoyar la cabeza contra el cristal de la ventanilla. El sol te ciega. Un sombrero de paja descansa sobre la arena, y, a su lado, tumbada, una mujer joven de cabellos lisos y oscuros te sonríe. Su cabeza reposa sobre una mano, y con la otra te hace un gesto, y no sabes distinguir si se trata de una llamada o de una despedida.

El tren se detiene y las puertas se abren. No escuchas ningún pitido de cierre de puertas, de hecho, aún no ha alcanzado la siguiente estación. Te levantas y te acercas hacia ellas. La noche aferra sus dedos enganchando al próximo día. El apeadero se encuentra a unos doscientos metros de donde se ha detenido el tren. El viento hace bailar en un bamboleo anodino un cartel metálico. Bajas del tren, y las lágrimas que comienzan a paladear tus ojos no sabes si se deben al sol que los acaricia, al olor a sal de mar o a los negros ojos de la mujer que te coge de la mano.

domingo, 18 de mayo de 2008

Doña Margarita

Desde que despidieron a Jaime de la pastelería, no había conseguido ningún otro trabajo. Destinaba los días a fatigar todas las tiendas de la ciudad interrogando para ver si se requería cualquier tipo de ocupación. Durante las noches, revolvía los contenedores de basura, rescatando de cuando en cuando algo que pudiera serle de utilidad. Se sorprendía de la cantidad de ropa que la gente despreciaba, ropa incluso de buena calidad y sin ningún tipo de desperfectos, afirmaba mientras se contemplaba en el espejo de su casa. También hallaba objetos de lo más variado, desde peines cariados hasta radios afónicas, que los fines de semana disponía sobre una sábana en la calle Atocha.

Un miércoles helado, Jaime encontró el bolso de doña Margarita. No había sido encerrado en alguna bolsa de supermercado, ni siquiera lo habían sumergido en la panza del contenedor, sino que simplemente yacía sobre el lecho anaranjado. Era un bolso de cuero y cierre metálico. Las esquinas estaban ya despellejadas. Sonó un clic cuando lo abrió. Paseó con torpeza los dedos por el interior del bolso. Jaime vio sobres, fotos, y algo que parecía un billete de mil pesetas. Había oído que en el Banco de España aún podían canjearse por euros, por lo que lo guardó en el bolsillo y se propuso cambiarlo al día siguiente. En ese momento pensó que tal vez hubiera más dinero escondido dentro del bolso. Sintió miedo por si alguien le observara y dedujera erróneamente que lo había robado. Resolvió guardarlo en su mochila y regresar a casa, donde podría seguir inspeccionando con mayor tranquilidad.

Mientras calentaba con una resistencia eléctrica una sopa de sobre, comprobó que no se había equivocado: había monedas de veinticinco y cien pesetas, y un billete de cien, quinientas, mil, dos mil y hasta de cinco mil pesetas. Ese dinero, bien administrado, podía durarle bastante. Por el bolso podría sacar incluso seis euros, fantaseó. La sopa estaba asentándose en su estómago, le estaba sentando bien. Cuando la terminó, dobló en dos la almohada y se tumbó en la cama. Desparramó las fotos encima de la colcha. Cogió una de ellas al azar. Le sonreía una mujer de aproximadamente su edad, aunque la foto se veía ya antigua, los bordes estaban rajados. Llevaba unas gafas de montura cuadrada negra y una camisa de flores. El sol brillaba en su pelo. Detrás de ella había una casa de cal coronada por una placa con el número catorce. Tanteó la cama buscando más fotos. Cogió varias y las miró detenidamente. En todas ellas se encontraba aquella mujer cincuentona, siempre vestida de manera desenfadada y colorida, siempre con una sonrisa que se le derramaba de la boca. En casi todas, aparecía aquel pueblo de casas blancas y sol destellante. Jaime tuvo la impresión de que ese pueblo debía oler a aceitunas. Se incorporó de la cama y vació la cartera sobre la colcha. Cayeron más fotografías y un anillo con un sello rotundo. Se levantó y hurgando un cajón rescató un cigarrillo impotente. Mientras lo fumaba, siguió viendo esas nuevas fotos que habían aparecido. En éstas, el fondo había cambiado. Ya no se trataba de un paisaje campesino, sino que la inmensidad del mar lo dominaba todo. Jaime pensó que él nunca había visto el mar. En ellas, aquella mujer aparecía erguida con los brazos detrás de la espalda, siempre sonriendo. Llevaba un bañador azul que rivalizaba con aquellos cielos limpios de nubes. No llevaba gafas y Jaime descubrió que tenía los ojos verdes. Giró la fotografía y, con tinta roja, aparecía escrito: “Gandía, verano del ochenta”, así, escrito con letras en lugar de con números. Continuó observando las fotos. Ahora estaba en un apartamento de playa, dedujo Jaime. El agua del mar se colaba por las ventanas abiertas. Apartó una fotografía que mostraba únicamente sus piernas gruesas aprisionadas por unos shorts blancos. En otra fotografía había un hombre. Era un hombre calvo y muy delgado, de bigote rancio, que intentaba ocultar su rostro con un gesto de la mano.

Cuando terminó con las fotos, cogió el mazo de cartas ahorcado por una goma elástica verde. No tenían remitente, tan solo una inicial, una letra p mayúscula. El remite de todas ellas era “Margarita González Castro, calle San Antonio, 14 Andújar (Jaén)”. No llegaban a la media docena. Las leyó de un tirón, repasando algunos párrafos que no conseguía entender bien. La letra era inequívocamente masculina; eran trazos fuertes, en donde las tes sombrereaban toda la palabra. Le llamó la atención que ninguna i se hallara puntuada. Las releyó ordenándolas por las fechas del matasellos, No eran cartas de amor. Hablaban de un verano en la costa y de un invierno lluvioso en Bilbao. En las últimas, se desparramaba una desesperación por la falta de respuesta.

Aquella noche Jaime durmió mal. La noche del domingo regresó al edificio donde había encontrado la cartera de doña Margarita. Rebuscó en la basura, pero no vio nada de interés. Miró hacia arriba y en un balcón había un cartel de “Se vende”. Jaime regresó a su casa y volvió a calentarse una sopa de sobre. El fin de semana consiguió vender el bolso por ocho euros.

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