lunes, 5 de marzo de 2012

Nieve

La espuma le cubría hasta la boca. En ocasiones, cuando inspiraba demasiado fuerte, notaba cómo se le introducía por la nariz, y le parecía una bola espinosa ardiente que se arrastra con desidia pero sin abdicación. Le gustaba meter la cabeza en el agua, tal y como había visto hacer en muchas películas. Desde allí escuchaba aletargada, a cámara lenta, la televisión que alguien había dejado encendida. Se dejaba deslizar por la superficie pulida de la bañera, y su miembro emergía como un atolón cimbreante. Se miraba los dedos y los encontraba surcados por unas arrugas caprichosas, dedos de viejecete, como les llamaba muchos años atrás, cuando iba a la playa los veranos y el sol le quemaba los hombros.

No habían errado las antiguas previsiones meteorológicas, y sabía que el mundo entero, al fin, estaba empezando a cubrirse de nieve con una tenacidad avasalladora. Le reconfortaba estar allí dentro, en su cuarto de baño. Sentía que el vaho que aguaba el vidrio de la ventana le protegía y le amparaba del clima brutal de allá afuera, como si el no ver que el edificio vecino al suyo se encontrara enterrado aboliera la certeza de que en poco tiempo su ventana se sumergiría también en esa masa lechosa. Pensó en ese momento si no sería una paradoja que cuando penetrara la nieve por su nariz también se le asemejaría a una bola espinosa ardiente que se arrastra con desidia pero sin abdicación.

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