miércoles, 28 de mayo de 2014

Comida basura



Teo sale por la puerta trasera del restaurante con dos pesadas bolsas llenas de basura. La luz de una farola tuerta lejana tiñe de un pobre naranja su mandil, donde unas manchas informes de grasa derivan como un archipiélago de costras inmundas. Abre el cubo y echa en su boca insaciable los restos de comida de la jornada. Teo escucha un ruido a escasos metros de donde se encuentra. Es un perro vagabundo. Él no entiende mucho de razas pero lo que sí puede constatar es que se trata de un perro gigantesco. Tiene la cabeza de un caballo. Aunque se encuentra medio escondido detrás de unas cajas de cartón, puede verle unos ojos húmedos y una piel grisácea y cubierta de peladuras. Da un ladridito pequeño, casi inaudible, lastimero, como implorando algo de esa comida que está desechando. Teo duda si darle algo, seguro que está hambriento, se le ve bastante flaco, aunque si el jefe se entera seguro que le cae una buena. Marcos abre la puerta y sale al exterior.

 -Teo, te llaman por teléfono.

 -¿Quién es?

 -Se me ha olvidado.

 Teo resopla y cierra con fuerza el cubo de basura, entrando a grandes zancadas en el interior del restaurante. Marcos se sienta en el bordillo de la puerta y saca un Camel de una cajetilla exhausta.  Interroga con rápidas palmadas varias veces cada uno de sus bolsillos, hasta que por fin extrae un pequeño mechero de color amarillo. Marcos ve que se ha caído de alguna bolsa de basura unos trozos de pollo en pepitoria que servían en el menú de noche. Se mesa su barbilla mal afeitada y da una calada profunda al cigarro. El perro adelanta la cabeza y comienza a olfatear en dirección al alimento que se ofrece lujurioso en el suelo. Macos chasquea la lengua y cierra los ojos.

 -El teléfono estaba colgado-dice Teo al salir de nuevo.

 -Llamaron hacía rato –explica Marcos-. Era mamá. Yo no sabía dónde estabas.

 -¿Pues dónde iba a estar? Aquí fuera, o en la cocina.

 Marcos se encoge de hombros y apaga el cigarrillo con la bota.

 -Ahí hay un perro, está olisqueando la comida –dice Marcos, señalando con el mentón.

 -Joder, Marcos, tienes que cerrar bien las bolsas de basura, se ha caído todo el pollo al suelo.

 -Solamente ha sido un poquito. Y ahora así se lo puede comer el perro.

 -¿Qué quieres? ¿Llenar esto de animales vagabundos? ¿Que nos la monte el señor Roberto? ¿Otra vez por algo que tú haces?

 Marcos baja la cabeza y comienza a aplastar más y más con la punta de su bota la colilla que había arrojado al suelo. Teo se pellizca la parte superior de la nariz cerrando los ojos. Se acerca al trozo de pollo en el suelo y de una patada lo aproxima a donde está el perro. El animal retrocede temeroso unos pasos, aunque poco a poco da unos pasos dubitativos y comienza a devorar la carne.

 -Mira, Marcos, se lo está comiendo –dice Teo sentándose al lado de su hermano-. Parece que le gusta.

 -Debe tener mucha hambre el pobrecito. ¿Le damos más?

 -¿Qué te he dicho antes?

 Teo saca el paquete de tabaco y se mete un cigarro en la boca. Da unos golpes en la parte trasera y saca otro, que ofrece a su hermano.

 -Tienes que tener más cuidado, Marcos. No puedes perder también este trabajo. Aquí no gano tanto para los dos, e imagínate si también me echan a mí.

 -No debió haberse ido Estrella de casa –responde Marcos mirando la colilla destrozada.

 -No debiste pegarla.

 -Y tú no debiste haber hecho eso.

 Teo se aprieta las sienes con los puños y se masajea la frente. Se levanta y se acerca al cubo de basura. Saca de su interior la bolsa en la que a simple vista parece que hay más piezas de pollo. La abre de un tirón fuerte y arroja al suelo el contenido. Se percata de que se ha cortado con alguna lata en la palma de la mano. Parece un tajo generoso. Unas gotas de sangre caen al suelo.

 El perro sale de su escondite y empieza a comer toda la comida caída en el suelo. Es un animal realmente enorme. Levanta la cabeza y se escucha su olfateo como un bufido de tren. Se acerca a las gotas de sangre y comienza a lamerlas con su lengua rosada.

 -Pero, ¿qué haces? –se extraña Marcos-. ¿Y si vienen más animales vagabundos?

 -Este perro es de fiar, creo yo, no se lo dirá a nadie –replica Teo sentándose de nuevo guiñando un ojo a su hermano.

 -Es cierto, yo también lo creo.

 Hay un reguero de gotitas cárdenas hasta la puerta donde se encuentran sentados. El perro enseña los dientes y una mezcla de saliva, comida y sangre se apelmaza en sus bigotes. Un gruñido sale de su garganta y se le desparrama por la boca abierta mientras se acerca a pasos rápidos hacia los dos hermanos.

lunes, 19 de mayo de 2014

Gatos



Al entrar en el vagón Lola localiza un asiento al lado de la ventanilla y se apresura a ocuparlo. Se encuentra muy cansada, lleva todo el día andando, latigueada por el viento frío y le duelen las rodillas. Deja el bolso a un lado y con las dos manos se las masajea con fuerza, con gestos circulares, tal y como vio una vez hacer en un programa de televisión. Ese movimiento le hace sentir más relajada y recuesta la cabeza contra la ventanilla. La nota helada, pero en este momento no le importa lo más mínimo. Afuera, observa edificios indistinguibles que emborronan la tarde, perdiéndose con rapidez.

 Delante suya, al lado de las puertas, está sentada una mujer de unos setenta años con un pañuelo azul que le abraza los cabellos. A sus pies tiene dos bolsas de supermercado que se antojan muy pesadas y un transportín de donde asoma la cabeza inmensa de un gato blanco. Lola distingue en el interior de las bolsas una lechuga, tomates, unos botes de algo que no alcanza a discernir y unas latas de sardinas. El gato, con los ojos semicerrados, se lame goloso la almohadilla de una de sus patas delanteras.

-Latas de sardinas –murmulla el gato blanco después de estirarse trabajosamente en el interior de su transportín-. Se cree que me gustan.

El gato habla arrastrando con pereza las eses, con acento extranjero. Tiene la voz ronca y ojerosa.
 
-En otros tiempos –continua después de aclararse la garganta con un breve carraspeo – me las hubiera comido con gusto. Anda que no pasé hambre en la guerra, cuando malvivía en las ruinas de un edificio hecho migas por las bombas. Devoraba todo lo que se podía agarrar.

-Y las peleas por el alimento –prosigue después de unos instantes, en los que los ojos se le han ensoñecido-. La caza de lagartijas, la muerte de las flores, las uñas que rascaban las piedras.

El tren se detiene en la estación de Coslada, y la señora, asiendo con dificultad las dos bolsas de la compra, se baja del tren.

-¿Qué haces? –grita el gato empujando la reja del transportín con su gruesa cabeza-. No me dejes aquí. Regresa.

Lola ve a la señora a través de la ventanilla avanzar con pasos agotados hacia las escaleras mecánicas, mientras escucha los lamentos del animal.

-¿Qué voy a hacer ahora? –se queja mientras se tumba en la base del transportín- ¿Qué voy a hacer? –y la voz de arena se le va apagando hasta que casi no es más que el ruido de un motor de un coche lejano.

Una voz artificial que proviene de algún altavoz invisible anuncia la llegada a Coslada. Lola se remueve en su asiento, apretando los dientes y frotándose los ojos con el puño. Siente su aliento pastoso, como de naranja agria. Al lado de la puerta, la señora mete un dedo por la rejilla y rasca con la uña la cabeza de su gato blanco, que parece dormido.

En Coslada sube un hombre con un lloroso abrigo gris y un poblado bigote canoso. Se sienta al lado de Lola y coge un periódico arrugado que había en el asiento. El gato abre los ojos y se despereza con dificultad.

-¿Miau, miau? –dice el hombre.

-Miau –responde Lola sin mirarle, encogiendo los hombros y volviendo a apoyar la cabeza en la ventanilla.

-Tengo hambre –susurra el gato después de un descomunal bostezo-. Hay que joderse.

martes, 6 de mayo de 2014

Silbato


Don Roberto paseaba a largas zancadas en el patio. Llevaba las manos a la espalda, sujetándose con la derecha la izquierda. Rozaba con el pulgar el reloj que le había regalado Mercedes tiempo atrás, tanto, que ya ni se acordaba. Los niños jugaban al fútbol. Habían hecho unas rudimentarias porterías tomando como postes unas mochilas y algunos abrigos. Sus chillidos agudos se entremezclaban con el piar de los pájaros que volaban a menor altura. Don Roberto miró la hora, aún quedaban unos minutos para que finalizara el recreo. Humedeció sus labios y sacó del bolsillo de su camisa el silbato y sopló tres veces y, tomando aire con una bocanada generosa, dio un nuevo pitido más largo que los anteriores, insistente, amenazador. Pablito cogió el balón y se lo colocó debajo del brazo. Avanzaba el primero hacia la fila, marcial, seguido por el resto de niños. Don Roberto se subió a los escalones y comenzó a rezar en voz alta el padrenuestro. Todos los niños le secundaron en la oración. Todos menos Pablito, que, como siempre, se limitaba a abrir la boca ampliamente y mover los labios de forma ostentosa, gesticulando con ellos como si fuera un mimo. Enrique, que se situaba justo detrás de él, no pudo aguantar y se le escapó una risotada, que, velozmente, se contagió al resto de niños, como una olla con agua hirviendo. Don Roberto abrió los ojos y enrojeció al ver aquellos niños doblándose de risa mientras él rezaba el padrenuestro. Sus mejillas parecía que se inflamaban y que iba a empezar a arder. De hecho, así fue, y unas llamas comenzaron a treparle de los mofletes abultados hasta los cabellos, que prendieron rápido, extendiéndose el fuego al resto del cuerpo. Se mantuvo en pie, hasta que no fue más que un monigote carbonizado. Pablito cogió la pelota que aprisionaba con su axila izquierda, la depositó en el suelo, dio dos pasos hacia atrás y chutó con fuerza. El balón impactó contra lo que debió ser la cabeza de don Roberto, y toda la materia ennegrecida se desmoronó sin hacer ruido. Una nubecilla de polvo oscuro se contorneaba alrededor de la montañita de ceniza, todavía humeante. El silbato cayó por la escalera, haciendo un ruido de cloqueo según iba descendiendo por los escalones.

martes, 7 de mayo de 2013

Pescado muerto


Ya se olía el pescado muerto cuando iba acercándome al bar. Allí fuera, en la puerta, decenas de cajas reventadas vertían su interior pútrido al suelo. Los ríos de sangre araban la acera aprovechando la pendiente que caía con suavidad. Me pregunté que dónde se detendrían, si tropezarían contra la pared azulada de la casa de Remigio o si por el contrario se mezclarían con el mar. Subí la camiseta hasta la nariz para soportar el hedor y recorrí por fuera el bar. A través de la ventana sucia podía a ver a Rodas y Julius jugando en una mesa redonda a las cartas. Como siempre, el montón de fichas del negro era superior al de Rodas. Acodado en la barra, acompañado por una botella de aguardiente infame, Lázaro miraba con el ceño fruncido el escote de Maggie mientras ella, mordiéndose el labio hasta emblanquecerlo, le servía otra copa. Sorteando las cajas despanzurradas de la puerta, resolví entrar, pero no pude evitar pisar la cabeza de un róbalo, que se aplastó con un sonido pegajoso contra la bota injuríandola de una sangre espesa. El olor a tabaco negro y sudor rancio se entremezclaban con la descomposición de los peces muertos del exterior.

- ¿Has visto lo que han hecho? -me preguntó Maggie a la vez que limpiaba con una bayeta amarilla un vaso-. Lo han tirado todo ahí fuera. Todo.

Me senté en un taburete, al lado de Lázaro, que con los ojos pastosos me miraba de soslayo. Le pedí a la camarera un vaso y una botella de ron.

- Eso es maldad, maldad pura -farfullaba ella mientras pasaba un trapo maloliente por la barra y dejaba allí una botella de licor transparente ya mediada y un vaso con los bordes mellados.

- Han sido los del puerto, los vi esta mañana con el camión lleno de esas cajas -informó Julius mientras barajaba los naipes con el estilo de un croupier de un buque del Misisipi.

Rendí la copa de un trago y la llené de nuevo. El licor trasegaba mi garganta como granos de arena sobre una hoja de papel.

- Dicen que ha sido por culpa de tu marido -dije ahogando mis palabras en el hueco del vaso, aunque Maggie simuló no haberme escuchado y apartó la cortina de macarrones, dejando en el ambiente un tintineo sordo.

- ¿Juegas una partida, Macario? -me ofreció Julius.

- Sigue repartiendo, hijo de puta. En esta mesa no entra ni sale ni Dios -gritó Rodas mientras daba un fuerte golpe con la palma de la mano sobre la mesa.

La papada del negro comenzó a temblar mecida por una carcajada sorda mientras apresaba el cigarro entre los dientes.

Me llené el vaso y me aproximé a la puerta. El sol asfixiaba como una mortaja ceñida a martillazos, y aún no era ni mediodía. Entorné los ojos. Las escamas de los peces brillaban como diamantes puros. A lo lejos se veían tres hilos de humo negro que se iban diluyendo perezosos mientras ascendían. Uno de ellos parecía provenir de la hacienda de don Ernesto.

- La cosa se va a poner peor -dije mientras volvía a mi taburete.

Maggie estaba de nuevo tras la barra, no la había escuchado regresar. La camisa se le abrazaba lujuriosa a los pechos y un botón resistía por no escapar. Saqué mi bolsita de tabaco y la dejé encima de la mesa. Opté por terminar el vaso antes de comenzar a liar el cigarrillo.

- ¿Te hago uno?  -le ofrecía mientras lamía el papel y lo enrollaba.

Alargó la mano y lo sacó de mi boca, encendiéndolo con las cerillas que tenía colocadas al lado de las botellas de whisky. Sus dedos rozaron mis labios. Apagó el fósforo con un soplido y lo arrojó al suelo.

- Dicen que fue culpa de tu marido -repetí al terminar de preparar un nuevo cigarrillo para mí y expulsar el humo de la primera calada.

- ¿De éste? -dijo furiosa mientras retiraba la botella de aguardiente y la guardaba en el interior de la barra-. Éste no vale ni para eso.

Lázaro se volvió y me miró de frente por primera vez. Le temblaba la barbilla.

- No tenéis ni idea de lo que soy capaz de hacer -dijo bajándose vacilante de su taburete y dirgiéndose hacia la puerta.

Por el camino tropezó con una silla y la volcó al suelo. Dudó si levantarla, pero continuó su camino y salió del bar.

- Deberíais haber recogido los pescados -dijo Rodas sonriente mientras atraía hacia sí las fichas que había en en centro de la mesa.

Se escucharon a lo lejos unos disparos. Maggie dio un pequeño respingo, y su inspiración se detuvo apenas un segundo. Me sirvió sin mirarme otra copa de ron mientras sus senos se le relajaban.

miércoles, 10 de abril de 2013

Tarta de calabaza


De nuevo, después de mucho tiempo, Guillermo volvía al OK Café. Vio cómo entraba ella primero, y decidió aguardar y observar su caminar, siempre le había gustado su manera de hacerlo, moviendo las caderas con rapidez. Como un espía de una mala película, se asomó a través de la gran cristalera que desnudaba sin pudor el local. Vio cómo se quitaba el abrigo y lo colocaba con cuidado en el respaldo de una silla. Era de un color impreciso entre azul y verde, un poco ancho y con amplias solapas, y desde la situación en la que se encontraba no le pareció de buena calidad. Clara le pasó la mano por el hombro y pellizcó un hilo, que dejó caer al suelo con un movimiento de amasado de sus dedos.

Al salir de su casa, Guillermo dudó si regresar y coger las gafas de sol. Era un día muy luminoso, el primero de ese año que recién estaba empezando. Le dio pereza vover a subir los tres pisos, así que desechó esa idea y emprendió el camino. Pasó de largo de donde tenía aparcado el coche, prefería ir en autobús, no le apetecía demasiado conducir, no había dormido demasiado a causa de la llamada telefónica, y, además no le venía bien gastar tanto dinero en gasolina. Al descender del autobús miró su reloj. Faltaban aún veinte minutos para la hora a la que se había citado con ella, y el OK Café no se encontraba a más de diez minutos desde donde estaba. No quería llegar con antelación. Decidió dar un paseo, hacía una temperatura perfecta. Encendió un cigarro y comenzó a caminar sin un rumbo definido, pero teniendo cuidado para tampoco alejarse demasiado. Se entretuvo mirando en el escaparate de una tienda de electrodomésticos varios modelos de televisores. En el suyo habían comenzado a aparecer arbitariamente unas manchas difusas de color grisáceo en las esquinas, y en ocasiones el sonido se amortiguaba como si surgiera a través de la boca de un embudo. Un partido de fútbol se repetía incansablemente en todas aquellas pantallas. Le gustó una de esas televisiones y se agachó para mirar el precio que marcaba una etiqueta que descansaba en la base. Le pareció un poco cara, pero tampoco prohibitiva. Levantó la vista para mirar el nombre del establecimiento y la calle en la que se ubicaba. Seguro que en esa televisión podría ver bastante bien los deportes, se aseguró. Miró de nuevo la hora y estimó que ya podía ir hasta el café.

Cuando entró, Clara giró la cabeza hacia la puerta y se pasó la mano por sus cabellos de color castaño, recogidos en una cola de caballo. Guillermo sonrió y ella se levantó. Se dieron dos besos y la mano indecisa de Guillermo se quedó a medio camino entre el brazo de Clara y su cintura. Se percató de que no reconocía esa colonia, aunque debía ser más débil de las que usaba anteriormente, no le enmascaraba el olor a tabaco.

Encendió un cigarro cuando colgó el teléfono. Dobló la almohada en dos y se recostó sobre ella mientras seguía fumando. La mano que no sujetaba el cigarrilo mantenía sujeto el teléfono, hasta que lo apoyó sobre el embozo de las sábanas. Miró la hora con los ojos aún prendidos de sueño y se sorprendio al constatar que no eran más que las nueve menos cuarto de la mañana. Apagó el cigarro, volvió a desdoblar la almohada y se giró para intentar volver a apresar el sueño, aunque sabía perfectamente que ya no iba a volver a dormirse. En la ducha, el agua fría terminó de despegarle del adormilamiento, y en ese momento recordó, extrañado, que hacía unas pocas noches había soñado con ella. Le resultó curioso, ya que hacía un par de meses al menos que no le sucedía. Al subir la persiana se encontró con unos tejados húmedos y un arco iris tenue que imperaba en el cielo azul. El sol comenzaba a lamer tímidamente el alfeizar de la ventana.

- ¿Qué vas a tomar? - fue lo primero que ella dijo cuando sentaron.

Un camarero rubio con el pelo cortado a cepillo se acercó a ellos y sacó del bolsillo de su camisa una libretita negra.

- Yo quiero un café con leche y una tarta de calabaza - pidió él.
- Para mí también un café con leche. Estoy a dieta - aclaró en voz baja después de que el camarero apuntara las órdenes con un lapicero diminuto y se dirigiera hacia la barra.
- Y yo - mintió Guillermo-. Pero hoy es domingo.

El local apenas había cambiado desde la última vez que había estado allí, hacía al menos tres años, con ella. La primera vez, Clara había pedido una tarta de calabaza. Él no la había probado nunca, ni siquiera era capaz de imaginar que pudiera hacerse un dulce con algo tan extraño como una calabaza. Ella cogió su cuchara, rebañó la punta del pastel, la zona que más le gustaba a él, y se la ofreció. Desde luego, estaba deliciosa, los ojos se le abrieron con admiración. Habían cambiado la disposición de las mesas, pero la estructura básica era la misma, incluso permanecía ese gran espejo en la pared desde el cual Guillermo se veía reflejado en la mesa junto a Clara. En ese momento pensó que hacía bastante tiempo que había desterrado la posibilidad de hallarse en esa situación otra vez.

El camarero llegó portando en una bandeja redonda brillante las bebidas y la tarta. Clara abrió un sobre de sacarina y lo vertió en el interior de su taza. Cogió la cucharilla y empezó a girarla en el café con con leche, y con la otra mano, rascaba con la uña un arañazo que cruzaba la mesa de madera. Guillermo se recostó sobre la silla y volvió a ver su imagen duplicada del espejo. Cogió la cuchara y partió un pedazo de la parte redondeada de la tarta.

- Qué rica que está -alabó mientras aplastaba el pastel contra el paladar con la lengua.

Clara asintió débilmente con la cabeza y añadió:

- Y, ¿qué tal te va? ¿Te va bien? - repitió.

Guillermo comió otro pedazo, se rebañó los labios con la lengua y contestó:

- Bueno, lo cierto es que me han echado del trabajo, me acaban de despedir.

Ella detuvo el movimiento que estaba haciendo de llevarse la taza a los labios, y mantuvo esa posición intermedia un instante, como dudando si beber un trago o devolver la taza al plato. Optó por esto último, pero dio antes un pequeño sorbo.

- No se te ve preocupado -tildó mirándole a los ojos.
- Ahora estoy cobrando el paro.
- Te darían una buena indemnización.
- No tanta, y tenía unas deudas que pagar -ella bajó los ojos-. Pero si me administro bien puedo aguantar un tiempo, hasta que encuentre algo. Además, ya sabes que no me gustaba el taller.

Guillermo miró a la terraza, en esos momentos le apetecía terriblemente fumarse un cigarro.

- ¿Por qué me llamaste? -preguntó de repente
- No sé -respondió ella encogiéndose de hombros-. Me apetecía. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos ni hablábamos.
- Me pareció raro, además, un domingo, tan temprano.
- Bueno, siento haberte despertado -replicó ella mientras giraba con rapidez la cucharilla en la taza.

Clara llevaba un jersey rojo que le moldeaba los pechos. Guillermo la observaba mientras daba un trago a su taza. El vapor del café se le entrometió entre los agujeros de la nariz.

- Podíamos haber ido a la terraza -opinó él señalando con la mano izquierda el gran ventanal-. Hoy hace un buen día, y se puede fumar.
- Yo tengo un poco frío. Además, ya no fumo.

Clara le preguntó por Santi y Victoria. Le respondió que por lo poco que sabía de ellos no les iba mal, aunque tampoco los veía tan a menudo. Hablaron de otros amigos comunes y de antiguas historias pasadas con ellos, como aquella vez que a Gabriela le tocó un cuarto premio de la lotería de Navidad y lo festejó pinchando un barril de cerveza en aquel bar que solían frecuentar. La tarde iba depositándose disimuladamente sobre la ciudad, como un manto gris. Ninguno de ellos mencionó a Merche.

Guillermo tocó por encima del pantalón el bulto de su paquete de tabaco. Lo apretó y pudo notar cómo se le clavaban las esquinas en la palma de la mano. Clara dio un sorbo a su café y se le subrayaron los labios con la espuma de la leche. Pasó la lengua para retirar ese cerco viscoso mientras miraba la hora en su teléfono móvil.

- ¿Seguro que no quieres? -dijo él ofreciéndole un trozo de tarta con su cuchara-. De verdad que está muy buena.

Clara lo miró y asintió brevemente con la cabeza. Cogió la cucharilla de café y cortó la punta de la tarta. Se la metió en la boca y la saboreó despacio con un movimiento de vaivén de su mandíbula.

- ¿Vas a querer tomar algo más? -preguntó ella mientras buscaba con la mirada algún camarero.

Vino el chico que les había servido y con ayuda de su lapicerito realizó con rapidez la suma de las consumiciones en su libreta y les indicó la cantidad a abonar. Ella abrió su bolsó y metió dentro su teléfono, aunque antes le echó una nueva ojeada. Guillermo expulsó con fuerza el aire con la nariz y se incorporó ligeramente, sacando la cartera del bolsillo trasero del pantalón, de la que extrajo un billete de veinte euros que depositó con cuidado encima del plato con la cuenta. Clara miró cómo volvía a reintegrar la cartera en el bolsillo.

Al llegar a la puerta de la cafetería, Guillermo se apartó para dejarla pasar primero. Ella dijo un gracias casi inaudible. En ese momento se dio cuenta de que llevaba unos zapatos bajos sin tacón de color marrón un tanto arañados.

- ¿Vas para el metro? -preguntó él.
- Creo que cogeré un taxi.

Se besaron en la mejilla prometiéndose que se verían otro día. Guillermo se metió las manos en los bolsillos de la cazadora y fue caminando a paso ágil hasta la parada de autobús. Mientras esperaba miró la hora y calculó cuándo aproximadamente podría estar ya en su casa. Se encontraba cansado y al día siguiente tenía que madrugar para ir a trabajar al taller.

Seguidores