martes, 4 de diciembre de 2012

Stormy Monday

El reloj del coche iba atrasado, siempre lo había estado. Sus uñas raían la goma del volante mientras él vigilaba esta operación. Cambió de postura y algo crepitó en el bolsillo trasero del pantalón. Sacó el papel y lo exploró con las manos. Tantas veces lo había leído ya. Sólo una línea. Todo un folio para una línea. ¿Es que no tenía ningún sentido del ahorro? Hizo una bola con él y se dispuso a tirarlo, pero se le había pegado a la mano. Lo estrujó aún más y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.

Faltaban para que llegase ella veinte minutos, veinte horas, veinte años. ¿Qué iba a decir? Hola. Hola. ¿Qué tal estás? Bien, ¿y tú? Tirando. ¿Te has enterado de lo de mi mujer? No, ¿se fugó con el fontanero? No, no es eso, es que anoche metió la cabeza en el horno. Y, ¿qué iba a cocinar? A ella misma. ¡Ah!, y, ¿qué pasó? Nada, la muy tonta se dejó la puerta abierta y llegó una vecina; ¡dejarse la puerta abierta!, imagínate que nos roban. Ya te dije que Rebeca era muy descuidada. Y tú qué sabes, si no la conoces. Pero me lo imagino.

Un hombre mayor cruzó por delante del coche y se le quedó observando. Miró durante un segundo o quizás durante mil, y luego continuó su camino. Llevaba un periódico en el bolsillo del abrigo, parecía el ABC. Lo siguió con la mirada hasta que otro coche lo tapó y lo hizo desvanecerse. En la mirada del extraño estaban los ojos vidriosos de Rebeca. ¿Podría haber algún tipo de relación entre ellos? Tal vez le gusten las pelirrojas teñidas. Cuando salga del hospital los presentaré.

Eolo empujó una nube y dejó asomar el sol. La nube se enfadó y se puso gris. Un coche rojo aparcó detrás del suyo; por el retrovisor pudo ver una mujer que bajaba
de él. ¿Era ella? No, esta es mayor, además Ana no sabe conducir. La mujer pasó a su lado moviendo las caderas con firmeza y se metió en un piso a la derecha de la calle. A cada paso la falda subía unos centímetros y la rodilla asomaba intermitentemente. Giró la cabeza y miró hacia el coche, pero se le empañó la cara; después fue el vientre el que se puso borroso, y finalmente entró en la casa. El parabrisas empezó a motearse lentamente y el exterior se deformaba, haciéndose infinitamente pequeño, como una pesadilla. Alargó la mano para accionar los limpiaparabrisas y se encendió la radio. “La gente se preocupa de que el petróleo no suba unos duros. Pero cuando muchos soldados vuelvan a casa, encontrarán que sus esposas han muerto, pero los generales discutirán sobre los cardos de tomate que han destruido, los aviones que han derribado, los barcos que han hundido. Ya no quedan en el mundo valores que se”. Apagó la radio y se quedó mirando cómo el agua reptaba por el cristal. Encendió el limpiaparabrisas y los brazos mecánicos empezaron a despedirse de él. Las gotas volvían a salir del cristal y todo vuelta a empezar. Uno arriba,  dos abajo.

Cogió un kleenex y se sonó. ¿De quién serían esos kleenex? Los clímax, como decía Ana. Ana, ¿no crees que debemos dejarlo? ¿Por qué? No sé, es lo que se suele hacer, ¿no? ¿Metió la cabeza en el horno porque se enteró de lo nuestro? No sé, supongo que sí. ¿Ha muerto? No, ya te dije que llegó la vecina? Entonces no te dejó libre, sucio cabrón.

La lluvia repiqueteaba en el capó del coche. Toc, toc, toc. Adelante, ¿qué desea? Estar lejos de aquí. Váyase a Cataluña. Cataluña. Provincias: Barcelona, Tarragona, Leridita y Gerona. O mejor a Estambul. Sacó una cinta del porta-casettes y la puso. Empezó a sonar “Round midnight”. El saxo tenor se confundía con una dulce voz de niña, la voz de Friné que decía: ven, ven. Perdonadla, oh, Sabios Jueces, es demasiado bella. Jamás, sentenció Rebeca. Recordó los momentos en que había estado encima de ella, en cómo se le hinchaba una vena del cuello. Se la imaginaba ahora moviendo las caderas frinéticamente y oliendo a butano. Uno arriba, dos abajo. Cerró los ojos y se reclinó sobre el asiento. La oscuridad se hizo naranja y giró la cabeza para que todo volviese a ser negro. ¿Cuánto tiempo aguantaría con los ojos cerrados? ¿Cuánto tiempo aguantaría? Deseaba abrir los ojos y encontrarse lejos, en otro mundo, en otro tiempo, en otro todo. Abrió los ojos y vio los limpiaparabrisas diciéndole adiós, adiós sucio cabrón.

Tosió y metió la mano en el bolsillo para coger los caramelos. Al lado había un papel. Sacó un dulce y depositó el papel sobre el regazo. Sólo una línea. Sólo una maldita línea. Desenrolló el papel y lo leyó: “Tejo res. Ación.” Alisó el papel y descifró un agrietado “Te dejo libre. Adiós, sucio cabrón.” Adiós. ¿Cómo se enteraría? Un cabello, una vacilación, una mirada. ¡Ah!, Ana, no te conté lo mejor. Cuenta, cuenta. Pues resulta que cuando la encontraron estaba totalmente desnuda. ¿Para qué diablos haría eso? ¡Desnuda!, con lo gorda que está. Y tú que sabes si no la conoces. Pero me lo imagino. Desnuda, Adiós, sucio cabrón. Adiós, estúpida Ofelia butanera. Sweet dreams. Abrió la ventanilla y arrojó el papel como si fuese una flema. Maldita sea, ya se retrasa  cuarto de hora,  cuarto de vida. Le dije que era importante. Y lo es, ¿no? ¿Qué le voy a decir? Quiero dejarla, ¿no es cierto? ¿Por qué? Si Rebeca no hubiese hecho eso, ¿la dejaría? No creo. Entonces, ¿por qué? Ana es guapa, inteligente, agradable. Empezar de nuevo. Te dejo libre. Me queda aún más de media vida, más de media hora. Mañana también amanecerá, aunque siga siendo un lunes otoñal. Te dejo libre. El siglo que viene también amanecerá, aunque siga siendo un lunes otoñal. A la izquierda del ring, Ana; a la derecha, el hombre del ABC. Para el ganador del combate, una bombona de butano. Adiós, sucio cabrón. La tos reacudió y la garganta le escocía terriblemente. En ese momento recordó la lata de Coca-Cola que siempre guardaba su mujer en la guantera. La abrió, arañándose con la anilla. Coño. Qué caliente está. ¿A qué sabrá el butano? Desnuda. Ofelia ahogada en butano y Hamlet muerto por una anilla de Coca-Cola envenenada. Descansen en paz. R.I.P.

Miró por el retrovisor y vio acercarse a una mujer. Ana. Te dejo libre. Es guapa, inteligente, agradable. Dios mío, es casi una niña. Te dejo libre. Sólo una jodida línea. Mañana también aquí será otoño, pasado será invierno y al otro otoño, y todo vuelta a empezar. Nunca será aquí primavera. Quizás lejos. El reloj del coche está atrasado, lo pondré en hora. Ya podía ver el rostro de Ana por el retrovisor. Nariz un poco larga. Desnuda en el suelo. Cabrón. Adiós, Ofelia, sweet dreams. Adiós, sucio cabrón. Maldita zorra. Adiós. Adiós, mi pequeña Friné. Arrancó el coche. Uno arriba, dos abajo. Adiós. Pisó el acelerador y se perdió por la izquierda de la calle. Uno arriba, dos abajo.

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