domingo, 4 de mayo de 2008

El himno

Castro formó parte del primer once que jugó el Hinojosas, hacía ya cincuenta años. Por entonces contaba con veintipocos años y un inconmensurable amor por la pelota y por Rosita, la muchacha más hermosa del pueblo. Unas rodillas torturadas por las patadas y los campos trufados de piedras obligaron a que abandonara el fútbol. Un cáncer en los huesos le separó de Rosita, después de una vida y una vejez acompañada finalmente por caricias rugosas de sesentones.

Nunca pudo dimitir del todo de su equipo. Cuando dejó de jugar, se dedicaba a pasar la fregona por los vestuarios, a quitar una a una las rocas que salpimentaban el campo o a lavar la camiseta de los jugadores. Todos los días de la semana se le veía, sobre todo después de enterrar a Rosita, paseándose por el campo de fútbol, recordando sus días de ínfima gloria, dando patadas a balones invisibles, pertinazmente abrigado por su terno gris nevado de una capa costrosa y su infame y pestilente tagarnina colgando de la comisura de sus labios.

Aquel año se cumplía el cincuenta aniversario del primer partido del Hinojosas. Apenas quedaban vivos tres o cuatro hombres de esa primera alineación. Don Roque, el alcalde del pueblo, que alternaba el PSOE y el PP cada cuatro años, según soplaran los vientos, estimó que el equipo tuviera un himno. El problema estribaba en las magras arcas municipales para contratar un músico que lo compusiera y en el nulo talento que atesoraban los parroquianos para la música. Castró recordó que Rosita poseía algunas nociones de solfeo que había intentado inculcarle con moderado éxito durante sus primeros años de noviazgo, cantándole al oído canciones de la Piquer mientras bailaban agarrados en las fiestas. Camilo, el dueño del bar, destacó que había algún remoto y alambicado parentesco entre Castro y el bajista de Fórmula V. Castro se dijo que porqué no. Don Roque sabía que no había ninguna otra opción, al menos más económica, por lo que encargó al ex - jugador y ex - jornalero la composición del himno.

Castro se encerró en su casa durante dos semanas. Rescató del fondo del arcón unos blocs descascarillados y ahogados de polvo. Todos los días, después de fregar los platos del almuerzo, se sentaba a la mesa con un lápiz de punta afilada y un vaso de vino y emborronaba esos cuadernitos que olían a humedad.

Llegó el día del partido. Todo el pueblo se había reunido en el campo para escuchar aquel himno en el que tan denodadamente había trabajado Castro. El encuentro comenzó y Castro no aparecía. La calva de Don Roque refulgía de indignación y los parroquianos no podían evitar una sonrisa. “¿A quién se le habría ocurrido plantear esa tarea a una persona con tan pocas luces como Castro?”, se preguntaban unos a otros con jolgorio. Mediada la segunda parte, llegó Castro con un órgano Casio que le había prestado un amigo en el pueblo de al lado. Hubo de confesar al alcalde que se había quedado dormido, que estaba extenuado del trabajo que había tenido que realizar para concluir el himno para el día del partido. Observó apesadumbrado que perdían dos a cero. Camilo había traído de su equipo para las fiestas un micrófono y unos altavoces. Los colocó al lado del órgano y los conectó. Castro pulsó un botón del Casio y un ritmillo comenzó a sonar. La risa arreció entre el público. Castro colocó las manos sobre el teclado y comenzó a mover los dedos sobre las teclas y a cantar, y la melodía que surgía del instrumento y la voz que emanaba de su boca saturada de tabaco conmovió de tal modo a los parroquianos que se produjo un silencio de plomo. Los veintidós jugadores se fueron deteniendo paulatinamente y todos miraban a aquel hombre de cabellera rebelde y terno raído y oscuro que cantaba con la voz más hermosa que habían escuchado nunca. Cuando acabó el himno, todos los presentes, espectadores y futbolistas, con lágrimas como gotas de lluvia, comenzaron a aplaudir a Castro. Él, que del fútbol sólo había recibido patadas y silbidos, saludó a todos con gesto torero girando sobre sus talones.

1 comentario:

Juan Diego dijo...

Fantástico relato. Me ha encantado.
¡Un abrazo maestro!

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