viernes, 23 de marzo de 2012

Fotos

Hoy es ocho de marzo de 2.012, hoy cumplo ocho años, y mi abuelo se está muriendo. No sé muy bien qué es lo que tiene, mis padres no han querido decirme nada, pero yo noto que algo sucede, algo en la forma en la que mi papá me acaricia la cabeza.
Hace una media hora que terminó mi fiesta de cumpleaños. Aún tengo pegada en el cielo de la boca una pasta formada por gusanitos a medio masticar que acaricio con la lengua sin llegar a desprenderla del todo. He visto a mamá llorar mientras llenaba los vasos de Fanta, pero no le he preguntado nada.

Ahora estoy en mi habitación, sentado en el suelo, con Miguel, al que todavía no han venido sus padres a buscarlo. Enfrente nuestro, sobre la alfombra verde, hay un sobre grande color naranja, con los bordes agrietados. Hemos vaciado sobre el suelo su contenido. Son fotos que ya he visto antes un montón de veces, pero me apetece volver a verlas en este momento, y, sobre todo, enseñárselas a mi amigo. En una de ellas está mi abuelo, con pantalón corto, las manos indolentes en los bolsillos y un sombrero como los que aparecen en las películas de exploradores por África. Yo le preguntaba si había matado muchos moros en la guerra, y él, dando una calada a su cigarrillo mal liado, me respondía que no, que qué le habían hecho a él los moros, pero que sí que había comido carne de camello y que era detestable. Yo no sabía si sentirme decepcionado por ello o no. Tal vez sí, porque a Miguel sí que le fantaseo que mi abuelo había acabado con muchos moros.

También hay una fotografía con mi abuela, ella con un vestido de flores y las manos detrás, muy delgada como siempre lo fue y con el pelo moreno recogido en una cola de caballo. Él llevaba un traje claro con una corbata con el nudo descolgado, con una mirada entre ilusionada e inquieta. Cojo del montón esparcido por el suelo una fotografía al azar y la miro con detenimiento y se la muestro a Miguel. En ella aparece mi abuelo con unos amigos suyos, él es el más alto de todos, con un cigarrillo agarrado a la comisura de los labios, que parece que se le va a desprender. Van andando por la calle, y mi abuelo es el único que mira a la cámara. Los otros parecen charlar entre sí o miran al suelo con displicencia.

Le enseño la foto de mi bautizo. Mi madre está de luto, no sé quién habría muerto en la familia, creo que mi abuela, y me sostiene mientras don Basilio me echa el agua bendita por la cabeza. Miguel se ríe, por el gesto arrugado de mi nariz en un llanto que se adivina estruendoso. Al fondo mi abuelo, con la cabeza ya pelada y la boina negra entre las manos, agarrándola como si fuera un volante y estuviera conduciendo un vehículo imaginario. No se distingue si está mirando a la cámara también o al pequeño bulto que gimotea en la pila del altar.

Una de mis favoritas, aunque ésa prefiero guardármela para mí, es la fotografía de su boda. Mi abuela, vestida de blanco, está cogida del brazo de su futuro marido, o tal vez ya sean esposos, lo desconozco. Ella sonríe y apoya su cabeza en el hombro de mi abuelo. Él tiene la boca cerrada, con el mismo gesto con el que vuelvo a verlo en todas las fotos, incómodo por ser captado y apresado en un instante de tiempo. Inquieto y a medias resignado por saber que tal vez, pasado un tiempo, lo único que quedará de él serán unos rectángulos de papel cada vez más amarillentos y deteriorados, en los que se resumirá su vida, y atemorizado por la posibilidad de que algo certifique no haber podido hacer más durante el breve período que le fue asignado, por no haber impedido la muerte de su esposa, por no haberla hecho más feliz, por no haber reído más.

lunes, 5 de marzo de 2012

Nieve

La espuma le cubría hasta la boca. En ocasiones, cuando inspiraba demasiado fuerte, notaba cómo se le introducía por la nariz, y le parecía una bola espinosa ardiente que se arrastra con desidia pero sin abdicación. Le gustaba meter la cabeza en el agua, tal y como había visto hacer en muchas películas. Desde allí escuchaba aletargada, a cámara lenta, la televisión que alguien había dejado encendida. Se dejaba deslizar por la superficie pulida de la bañera, y su miembro emergía como un atolón cimbreante. Se miraba los dedos y los encontraba surcados por unas arrugas caprichosas, dedos de viejecete, como les llamaba muchos años atrás, cuando iba a la playa los veranos y el sol le quemaba los hombros.

No habían errado las antiguas previsiones meteorológicas, y sabía que el mundo entero, al fin, estaba empezando a cubrirse de nieve con una tenacidad avasalladora. Le reconfortaba estar allí dentro, en su cuarto de baño. Sentía que el vaho que aguaba el vidrio de la ventana le protegía y le amparaba del clima brutal de allá afuera, como si el no ver que el edificio vecino al suyo se encontrara enterrado aboliera la certeza de que en poco tiempo su ventana se sumergiría también en esa masa lechosa. Pensó en ese momento si no sería una paradoja que cuando penetrara la nieve por su nariz también se le asemejaría a una bola espinosa ardiente que se arrastra con desidia pero sin abdicación.

martes, 10 de enero de 2012

El siete

Lo único que Amina no pudo repartir entre los otros niños vecinos de la aldea fue la camiseta que siempre lucía antes que los bombardeos acabasen con él. Hubiera cifrado ese gesto como la mayor injuria que podría haber hecho a la memoria de su hijo. Recordaba aquel día en que, después de ayudar a descargar unas cajas con alimentos y medicinas, un cooperante español le regaló aquella camiseta con un siete en la espalda. La obligaba a tenerla siempre de un blanco esplendoroso, sobre todo los domingos al atardecer, cuando el sol comenzaba a languidecer y jugaban un partido de fútbol. Ni siquiera se había atrevido en ese momento a lavarla y eliminar todas las manchas de sangre.

domingo, 6 de junio de 2010

La estación

Soñó que ella lo esperaba en la estación. Él corría para llegar, pero sentía que no avanzaba, que se perdía por caminos extraños, que su ciudad se le había convertido en un laberinto y que no estaría a tiempo en la estación, que ella tendría que subir sola al tren y no la vería nunca más. El traqueteo del vagón le rescató de su terrible pesadilla. Se frotó los ojos con el puño y amagó un suspiro. En el asiento contiguo languidecía un periódico gratuito desmembrado al que le faltaba la primera página. Cuando lo cogió para ojearlo, ella se despertó.

jueves, 3 de junio de 2010

Lanzado

Empujaba sus caderas contra las de Ana a un ritmo cada vez más rápido. Le dio la vuelta y ella comenzó a chupársela. Hacía tiempo que ya no le distraían los murmullos en la sala, el campanilleo de los hielos en los vasos o el rebullir inquieto en las sillas. Sacó la polla de su boca, y cuando comenzó a correrse sobre su cara, se sintió audaz y decidió que esa noche, al salir del club, no vacilaría y sí se atrevería a pedirle a Ana una cita para tomar café al día siguiente.

lunes, 22 de marzo de 2010

domingo, 21 de marzo de 2010

El árbol de los recuerdos

Te recuerdo como aquella muchacha de ojos negros que llegó despacio, sigilosa, sin hacer ruido, igual que un vilano agitado por el viento. Y sin embargo, te recuerdo corriendo, no sé si huyendo hacia tu mundo, una tierra cubierta de un dorado mantel de hojas de sauce desde donde has señalado mi destino, marcándolo nítidamente. Ha nacido en mí el sentimiento del explorador, quien, hachazo tras hachazo, entre la maleza ha trazado su camino. He intentado trepar justo al sur de esa roca donde alzaste con cuarzo y esmeraldas un helado palacio para tu soledad, al que siempre contemplo con una mezcla de temor y deseo.

Nunca me recuerdo transcribiéndote versos de Neruda, sino los de aquel poeta callejero que una vez me buscó en el interior de un bar y me vendió su poema por una moneda, y en cuanto lo leí supe que algún día habría de encontrarte y que mi torpe voz llegaría a acariciarte con su música.

Te recuerdo entregándome las semillas del árbol de los recuerdos que tú plantaste en mi jardín, enterrando los cadáveres de esas rosas ya marchitas. Nos echábamos bajo su sombra y me bastaba con cerrar los ojos para imaginar que me convertía en el agua de un lavabo y que me perdía por su sumidero, y únicamente ansiaba que esas aguas desembocaran en tu playa cuando yo muriese. Y abría los ojos y te hallaba a mi lado, adorable, quién sabe si dormida, tal vez soñando que eras una nube cuya lluvia alimentaba nuestro árbol.

Recuerdo cuando llegaste, justo cuando pensaba que los problemas del mundo y los enigmas de la existencia se desentrañaban con un vaso de ron. Juntos obligamos a que la vida depusiera su insufrible vocación de niña caprichosa. Lo que yo nunca te dije fue que logré amarrar el destino y retorcerlo, y una vez domado me confesó que todo ese oro derretido que había vertido sobre mi corazón no era más que para fabricarte una corona. Pensando en lo que me había insinuado comprendí que no era una simple estratagema para conservar su vida, sino que realmente era cierto, y entonces pude abrir la mano y liberarlo con un soplo, pues sabía que giraría en torno a ti como una polilla alrededor del flexo que alumbra estas líneas.

Todas las noches me acuesto contigo y no hay mañana que no despierte a tu lado, y me digo que la Revolución puede esperar un día más y que no va a ocurrir nada si hoy no se descubre una cura para el cáncer, y descubro que el motor que me incita a abrir los ojos es el sentirte tan cerca mía, y rezo ardientemente para adquirir las fuerzas necesarias que me permitan agitar tu hombro y hacer que sea yo también tu última visión del día que muere y la primera del que nace.

Te recuerdo cuando me hiciste descubrir que Flaubert y Stendhal eran unos farsantes, que el amor no se pare sino que un día llaman a tu puerta y al abrir allí está, agazapado en un rincón del portal. Me enseñaste que el amor no es una cerilla sino que es la chimenea que caldea tibiamente el hogar. Contigo aprendí también que el amor no es una cuestión de semántica y que se puede descubrir mientras te estás lavando los dientes por las mañanas. No me hizo falta gritar e invocar al trueno para enamorarme de ti, y no agarré ninguna honda para abatir al halcón; solamente me bastó con respirar. Aunque hay cosas que nunca cambian, y es que vuelvo a ser el títere de algún duendecillo que juega a desquiciarme y que me obliga a atarme a la cama.

Y ahora, descansando bajo el árbol de los recuerdos, cierro los ojos, porque sé que en cualquier momento sentiré tus labios sobre los míos y te abandonarás a mí.

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