miércoles, 6 de febrero de 2013

Sonata


Aquella brisa que se acababa de levantar resultaba insoportable. Era un aire seco, caliente, que dificultaba la respiración. Además, traía consigo briznas de arena que arrastraba de la obra de al lado. Yo andaba pensando en la boda de Pedro; era la semana siguiente y ni tan siquiera había pensado qué le iba a regalar. ¿Una lámpara de pie? De todas formas, Luisa no era una mujer que me gustase demasiado, la veía demasiado artificial y pretenciosa. ¿Una lámpara? Empecé a escuchar unos cánticos y me fijé en que provenían de la iglesia de San Juan. Era una iglesia muy pequeña, casi una capilla. Miré al reloj y vi que eran las siete y cinco, la misa acababa de comenzar. Hacía ya tiempo que no entraba en una iglesia, había tenido en los últimos años muchos desencantos que me habían hecho perder un poco la fe en todo. Pero ese sol me martilleaba con su pegajoso calor y no pude resistirme a entrar para intentar desembarazarme de los mosquitos y de ese maldito bochorno. Al entrar, busqué con la vista los ventiladores y hacia dónde refrescaban, pero esos sitios me estaban ya vedados por otros cuerpos. La disposición de los bancos de ese pequeño templo siempre me había llamado la atención: había una fila central, frente al altar, con unos diez bancos, y luego, en los flancos de la iglesia, había otros cuatro bancos paralelos a las paredes, mirando hacia el cura. Resignado a no conseguir un sitio al que alcanzase el ventilador en su eterno paseo, me acomodé en la esquina izquierda de un banco más o menos central. Al sentarme, sentí un escalofrío debido a la humedad que rezumaba de mi espalda. En esos momentos había un hombre calvo leyendo una de las impenitentes cartas de San Pablo a los nosequenses. A mí me gustaba mucho más Pilar para Pedro, siempre pensé que hacían buena pareja. Pero, bueno, él sabrá lo que hace. Un reloj de pared tampoco quedaría mal, seguro que mucho mejor que la lámpara.
            La iglesia estaba bastante concurrida, miles de seres sin expresión, sin rostro, oraban con una sola voz. Pero allí se encontraba ella. La vi en uno de los paseos que hicieron mis ojos explorando toda aquella fauna. ¡Cómo no verla, si brotaba como una flor entre aquel ejército de grotescos escarabajos de alas blancas y negras, si emergía como un diáfano iceberg entre ese mar de estiércol! Estaba en la primera fila de esos bancos que se encontraban a mi izquierda. Tenía un palco privilegiado para admirar a aquella venus morena que salía de las aguas de mi deseo prohibido. De aquella masa informe salió un sonido gutural que llamaba por su nombre a mi niña: “amor”. Su boca se abrió, dejando asomar un pequeño animal húmedo encerrado en una cueva de marfil. ¡Qué no daría yo por entrar a rescatar a ese animalillo rosado, juguetón, raspando mi lengua contra aquellas blancas estalactitas y estalagmitas, rejas de su tesoro! Sus labios se cerraron juntándose en una línea ondulada, en posición de eterno beso, para luego abrirse con una pequeña explosión, de la que se despidió la música de su voz. “Amén”, dijo ella, y su jaula de cristal volvió a cerrarse. Tenía la certeza de que jamás la había visto antes. No podía haberla olvidado de haber sido así. ¿Cuántos años podía tener?, ¿quince?, ¿dieciséis? No más, pero nunca había visto un ser que despidiera tanta belleza, una belleza pura e inmaculada.
            Ella se sentó, acompañándola toda esa cohorte de jorobados que la rodeaba. Yo me senté también mientras observaba cómo se cruzaban esos dos tallos de flor, con la delicadeza con que cae al suelo una pluma. Llevaba una falda de vuelo por las rodillas, por lo que al sentarse asomaron tímidamente parte de sus piernas, suaves y blancas como un jardín nevado. Podía olerla desde donde me encontraba. Sí, podía distinguirla de ese hedor que despedían sus guardianes. Olía a una mezcla de fresas y  sudor caliente, que yo querría recoger en mi cáliz para beberlo con ansia, y quedar todavía más sediento, sin conseguir apagar ese fuego que sentía en mi interior, ardiente brasa que me consumía. Olía a miel y a chicle, a hojas verdes y agua, a sol y a luna. Yo respiraba todos esos olores, que bajaban a mis pulmones, inundando mi cuerpo y naufragando en mi cerebro. Sus brazos eran de terciopelo, como su cabello, como toda ella. Tenía a su lado un bolso negro de grandes dimensiones, cofre de sus secretos. De él sacó un abanico blanco que extendió y comenzó a darse aire. Mariposa de sueño, mueve tus alas blancas y refresca el aire que este volcán que llevo dentro se encarga de caldear. Huye de esta lava viscosa que avanza hacia ti, por favor. Pequeño demonio, despójate de tu disfraz de ángel, mueve tus alas blancas y escapa, antes de que este viejo mono salte sobre ti.
            Volvió a levantarse, pero yo permanecí sentado, sin poder apartar los ojos de ella. Ahí estaban sus senos, pequeños, cita obligada para mis linternas febriles y agotadas. ¡Dios! ¡Cómo me recordaba a la Venus de Boticcelli, con su mirada lánguida y su desnudez aséptica! ¡Cómo me gustaría sembrar con mis besos sus pechos, agua que apaga  mi sed, pero que reavivaría mis brasas nunca extinguidas! Por debajo de su camisa resplandecían con un brillo áureo, como dos cálices repletos del vino más dulce, del que yo querría emborracharme hasta caer muerto. Podía ver al monstruo que había detrás de ella mirarla con lujuria. ¡Atrás, reptil! Aparta tus ojos de dragón de la nuca de mi Lolita. No ensucies la blancura de su piel con tus miradas contaminadas por el deseo feroz.
            Y ella me miró. Fue unos instantes, sólo unos pocos siglos; nuestras miradas se cruzaron, nuestros ojos conectaron entre sí. Pude ver sus ojos de cervatillo, negros como el fondo de mi alma, negros como sus cabellos, levemente rizados, ondulados como mi razón cuando la miraba. Todos se postraron ante ella, todos se postraron ante mi princesa; yo también me arrodillé, y recé. Rogué a Dios que aquel demonio fuera mío; vendí mi alma a Satán para poseer ese ángel. Al sonido de una campanilla me levanté, y ella seguía allí, hermosa como una estatua griega. Era como un día de primavera, como una noche de verano; brisa y fuego; arena y mar. Envidiaba aquel crucifijo que abrazaba su cuello y se sumergía en la calidez de sus senos, en contacto con su corazón. Yo también quería ser crucificado, quería ser mártir y morir en la cruz, ser envuelto en la blanquísima Sábana Santa de sus pechos, para resucitar al tercer día al contacto de su piel palpitante, de su calor.
            Los fieles empezaron a marchar para tomar la comunión. Ella también salió de su palacio y avanzó hacia el altar. Crucé mi banco para ir en filas distintas, para no morir. Andaba erguida, majestuosa, como una diosa del Olimpo. Llegó al lugar donde estaba el cura, y abrió sus pétalos levemente rosados, surgiendo la cabecita de un bello gusano que yo podría convertir en mariposa realizando la metamorfosis en mi boca. El sacerdote colocó la oblea en su lengua y ésta volvió a su cubil. Cuánto hubiera deseado ser yo el consagrado en la hostia, que su lengua me abrazara y me apretara contra sus húmedos dientes, que su saliva, néctar divino, se mezclara con todo mi ser, disolviéndome; descender por su cuello cristalino; pasar al lado de su corazón y permanecer allí, en silencio, escuchando sus latidos; seguir bajando hasta llegar a su vientre, liso y pulido, y alojarme en el interior de su sexo, túnel que arrastra hasta el cielo, donde me quedaría por el resto de los siglos, guardando su pureza, al igual que el fantasma de un pirata protege sus tesoros.
            El sacerdote me ofreció la Sagrada Forma, que tragué rápidamente, y me dirigí a la salida. Quería verla de cerca. El cura dio su bendición y esos malditos piojos se pusieron en medio de mi niña, impidiéndome mirarla, aunque no consiguieron evitar que viera cómo se santiguaba, igual que una hoja agitada por el viento. Y comenzó a acercarse. Llevaba los ojos bajos, ostras con la concha semicerrada custodiando sus dos perlas de ébano. Ahora pude apreciar qué bella era. Árbol de ramaje negro y tronco delgado y níveo, moteado por unos caprichosos lunares que yo, oruga hambrienta, anhelaba con toda mi alma devorar. Levantó los ojos, pasando su luz suavemente por mi rostro, siguiendo por delante de mí, oliendo a deseo. Cuando quise seguirla el terremoto humano me lo impidió, separándonos, y vi como se alejaba su cabellera. Salí buscándola, pero ya no estaba. Un coche se alejaba, y comencé a olfatear como un perro sarnoso, pero no percibía su aroma. No estaba. ¿Iría en aquella carroza mi Cenicienta, que ya no era más que un punto, un rumor? Me volví despacio hacia casa. ¿Cuántos brazos tendría esa Laguna Estigia que debía recorrer para encontrar de nuevo a mi Eurídice?
            Igual que cuando la vi tuve la certeza de que no me había encontrado con ella antes, en ese momento estaba seguro de que no la iba a ver más. Solamente me miró una vez. Solamente una. Pero entonces adiviné que esa niña podía haberme amado. Ahora sólo me queda languidecer de amor como la ninfa Eco, quedando únicamente mi voz para alabar su perfección divina, su belleza sublime e irreal.

jueves, 31 de enero de 2013

Trilogía sucia animal III - Pájaros


Ana abrió su bolso negro y saco de él, envuelto en papel de aluminio, un mendrugo de pan que había reservado de la cena de la noche anterior. Volvió a cerrar el bolso, lo depositó cuidando que no se volcara sobre el banco en el que se hallaba sentada y, a base de minúsculos pellizcos, fue desmenuzándolo. Al llamado de las migas que caían al suelo, fueron acercándose, en principio temerosos, varios gorriones y palomas. Un sol cariñoso le bañaba el rostro y cerró los ojos. Aunque ya estuviera comenzando noviembre, aún se podía estar un rato por las tardes, sentanda en el parque, disfrutando los últimos rayos de sol de ese año, que acogía como caricias. Se regocijó con anticipo ante el próximo olor a castañas asadas que el señor de la boina gris le regalaría dentro de poco tiempo. Paseó las manos por la falda verde clara para desalojar de ella unas migas que se habían adherido. Sacó del bolso un bolígrafo y una revistita de crucigramas que había comprado del quiosco de al lado de su casa la semana anterior. De nuevo abrió el bolso y verificó en su teléfono móvil si tenía alguna llamada perdida.

Los gorriones se acercaban a saltitos, rivalizando con los movimientos más pesados de las gigantes palomas. Éstas picoteaban los trozos de pan duro, destrozándolos y granulándolos aún más. Los gorriones, astutamente, recogían esas miguitas que caían de los picos distraídos de las palomas, emprendiendo un pequeño vuelo alejándose un poco para disfrutar de su suculento botín. Sacó un paquete de tabaco del bolsillo de su abrigo y encendió un cigarro. El piar de las aves le sonreía el atardecer. Ana fue pasando las páginas de la revista y finalmente escogió una sopa de letras, no le apetecía pensar demasiado las extrañas definiciones que en ocasiones aparecían en los crucigramas. Se encontraba demasiado a gusto y relajada allí sentada, disfrutando del sol y del olor a hojas caídas del parque. Capitales de Europa, escogió. Ella no había estado en ninguna de ellas, ni en Madrid siquiera, pensó mientras arrojaba al suelo la colilla y la pisaba con la punta del zapato para apagarla. Los pájaros se alarmaron por este movimiento inesperado para ellos y se alejaron unos metros. Localizó Copenhage y lo rodeó con un rectángulo. Le agradó el haber conseguido iniciar la sopa de letras con una palabra tan larga,además tan rápidamente, lo asumió como un buen presagio. Creyó recordar que en un documental había visto que era una ciudad con canales y tenía la estatua de una sirena, pero no estaba segura, la confundía con alguna del resto de capitales nórdicas.

Al otro extremo del parque, una mujer de unos cincuenta años, aproximadamente de la edad de Ana, abrigada con una bata azul, salió de un edificio y depositó en el contenedor de basura una bolsa gris. La recriminó mentalmente, ya que era demasiado temprano para tirar la basura, apenas estaba comenzando a retirarse el día. Encontró dos palabras casi seguidas, Roma y Berlín. Frente a ella, seguían remoloneando algunos pájaros, aunque ya no quedaba nada de pan en el suelo. Cogió de nuevo el bolso y rebuscó en su interior. Volvió a observar su móvil. Apareció otro cuscurro, aunque éste estaba envuelto en un papel de cocina con algunas manchas de algo que parecía aceite. En ocasiones le sucedía que olvidaba dar la comida a las aves porque se distraía viendo algún joven que paseaba con su perro o a alguna pareja que caminaban perezosamente cogidos de la mano o de la cintura. Sacó el pan y se le cayó al suelo. Dudó si recogerlo y convertirlo en miguitas, pero optó en darle una patada hacia adelante. Los pájaros se abalanzaron hacia la comida e iniciaron su paroxismo de picotazos insistentes. Ana halló Madrid con dificultad, se ocultaba en una diagonal invertida, y la marcó a conciencia. Le pareció que encontrar la capital de su país le había servido de estímulo, pues rápidamente dio con Dublín, Budapest, Londrés y Viena. Únicamente le restaban dos palabras para resolver completamente el pasatiempo.

Sintió algo de frío y se abrochó un botón más del abrigo hasta cubrirse el cuello. El sol se había escondido detrás del edificio de enfrente. Más vecinos habían bajado su basura. Ésa era una hora más adecuada para hacerlo, aprobó Ana. Las farolas del parque se encendieron. Lo agradeció, ya empezaba a tener dificultadas para ver las letras indecisas. Moscú, recuadró. Ya solamente una única palabra. ¿Cuál sería la capital que le faltaba?, se preguntó mientras encendía un cigarro. Levantó los ojos de la revista y vio a varias personas acercarse al cubo de basura. Eran tres hombres y una mujer. Vestían abrigos de paño ruín y caminaban cansadamente. Uno de ellos llevaba un gorro rojo de lana. Abrieron la tapa naranja del contenedor y comenzaron a extraer las bolsas. A estirones las rasgaron y con unas manos como garras escarbaban en su interior. Uno de los hombres, el más bajo, le dio un manotazo al del gorro de lana. La mujer sacó algo parecido a una naranja, la observó con detenimiento, y la guardó en una bolsa de plástico que sacó del bolsillo después de alisarla haciendo movimientos de abanico. El teléfono móvil sonó en el interior del bolso de Ana. Lo abrió rápidamente, tirando el cigarro al suelo, y comenzó a hurgar en su interior, hasta que lo encontró y lo sacó. Respondió la llamada, pero colgó cuando una voz aburrida le ofreció cambiarse de compañía telefónica. Permaneció un instante con el teléfono apoyado en la mejilla, hasta que volvió a reintegrarlo en el interior del bolso. Se prendió un nuevo cigarro. Los vagabundos habían abandonado ese contenedor y fueron interrogando con poco ánimo los de los edificios contiguos. Ana los estuvo mirando hasta que los perdió al doblar la esquina. Los pájaros habían empujado los restos del trozo de pan hasta casi sus pies. Peleaban por las últimas migajas. Una paloma, de repente, picoteó la cabeza de unos de los gorriones. Repitió su ataque y Ana vio cómo arrancaba uno de sus ojitos, separándose de la cuenca poco a poco unido por una especie de mucosidad. El gorrión piaba de una manera que Ana se le antojó bastante extraña, pues ella no los asimilaba que fueran gritos de dolor. Hizo un cilindro con la revista, adelantó el cuerpo hacia adelante, y la descargó contra la paloma que se se encontraba absorta y ávida devorando los últimos restos de pan. Golpeó y golpeó, hasta que el pájaro quedó atontado. Con un movimiento rápido, agarró a la paloma, se la acercó a la cara y fue aproximando lentamente a uno de sus ojos la colilla que ya agonizaba entre sus dedos. La paloma aleteó, pero ella no aflojaba la presión. Un olor a carne quemada la sometió. La soltó, y el ave se alejó volando erráticamente. Ana se percató de que todos los pájaros habían huido también. Dejó en el suelo la revista y se levantó. Comenzó a caminar y casi se ve derribada por la carrera de unos cuantos perros enloquecidos que perseguían a otro pequeño. Cuando estaba saliendo del parque en dirección a su casa, recordó que no había conseguido averiguar cuál era la capital que le faltaba para resolver por completo la sopa de letras.

jueves, 24 de enero de 2013

Trilogía sucia animal II - Peces

Terminó  de enlazar su cara corbata de seda rosa con un nudo doble Windsor mientras tragaba el último bocado de tostada que ayudó a pasar con un trago de café. Antes de salir de casa, como cada mañana, Torres se acercó a la pecera. Dentro de ella, sus alegres peces, uno de color azul turquesa y otro rojo con manchitas marrones deambulaban con un impreciso rumbo, introduciéndose por una de las ventanas del castillo semiderruido que se alzaba sobre el fondo de la pecera y rodeando al pequeño buzo que emitía unas ínfimas burbujas. Parecía como si jugaran a perseguirse. Golpeó un par de veces sobre la superficie templada de cristal y los peces, nerviosos, se dirigieron como urgidos por espasmos hacia el dedo que había perturbado su paz. Sonrió al ver cómo boqueaban frente a la yema del dedo. Con la otra mano vertió un poco de comida. No mucha, tal y como le habían aconsejado en la tienda de mascotas donde compró los animalitos y la pecera con su costoso sistema de climatización. Se desentendieron él y se dirigieron con rapidez hacia las escamas que iban descendiendo livianas como plumas para devorarlas. Torres siempre se preguntaba si sería cierto eso que había oído muchas veces acerca de que los recuerdos de los peces se disuelven en su pequeño cerebro en menos de un minuto.

Al entrar en el ascensor sintió cómo el perfume con el que había acariciado su rostro al salir de la ducha fluía a través de él y se adhería a las paredes del cubículo que descendía a gran velocidad desde el ático donde vivía. El portero, del cual nunca había conocido su nombre, o al menos no lo recordaba, le saludó con un buenos días sonriente y pellizcándose la gorra de plato.

En el interior del taxi paseó su mano sobre la suave piel de la funda donde guardaba el Ipad antes de extraerlo, y aprovechó el trayecto para terminar de leer un artículo sobre el concurso de privatización del servicio de recogida de basuras de la ciudad que había dejado inconcluso la noche anterior.

Le dijo a su secretaria Rosi que no le pasara llamadas. Quería repasar una vez más el informe que había realizado durante esa semana donde aconsejaba disminuir gastos en la empresa mediante la reducción de personal. Levantó la cabeza y miró a Rosi a través de la pared de cristal de su despacho, que se apartaba un mechón de cabello díscolo que le lamía la frente mientras tecleaba en el ordenador con la otra mano. No pudo evitar pensar que era posible que, si se aprobaban las directrices que él sostenía, ella fuera una de las despedidas, llevaba tan solo dos años allí y la indemnización aún no sería demasiado onerosa. Tampoco era tan extraordinaria, la anterior era hasta mejor, se justificó anticipadamente, aunque no podía obviar los estupendos cafés que sabía prepararle, en su punto idóneo de temperatura y dulzor. Se reafirmó en que su informe era correcto y acertado y lo envió por correo electrónico al presidente y al resto de la junta directiva. El teléfono móvil comenzó a vibrar en su bolsillo. Lo sacó y miró la pantalla. Leticia. Lo apoyó sobre la mesa y el aparato seguía temblando enfrebrecido hasta que cesó el zumbido. A los pocos minutos volvió a recibir la misma llamada y optó por guardarlo en el cajón.

Almorzó en el restaurante habitual, como casi cada semana, con el presidente. Estuvieron hablando de fútbol y se citaron en el palco que la empresa poseía en el estadio de la ciudad para el partido de dentro de dos semanas. El señor Salas le contó que su hija iba a estudiar los dos últimos años de la carrera en Estados Unidos, en la Universidad Lincoln de Pensilvania. Torres la había visto un par de veces, en alguna fiesta que el presidente le había invitado en su finca. Solamente recordaba de ella las blusas ceñidas y deliciosas que llevaba. El señor Salas comenzó a hastiarle con una de aquellas historias inverosímiles que frecuentaba demasiado sobre confusos alardes deportivos que había gozado en tiempos ya remotos. Torres concluyó que tal vez debiera llamar a Leticia. Lo cierto es que ese día le apetecía echar un polvo al salir del trabajo.

Leticia le sirvió una copa de Zacapa 23 años mientras escogía un cedé de Lester Young. Ella le confidenció que su madre estaba peor, que se habían visto obligados a tener que ingresarla de nuevo y que sospechaba que de esa operación ya no saldría. El licor se deslizaba juguetón por su garganta y se sorprendió pensando que nunca se la había follado sobre su mesa de arquitectura, encima de los planos. No sabía si resistiría los empujones, daba la impresión de ser bastante endeble. Apuró su copa y antes de que ella terminara la suya ya había empezado a desabrocharle la camisa y a bucear con su mano sigilosa hasta acariciarle los senos. Lo hicieron sobre el sofá, y al finalizar, cayó algo de semen sobre uno de los cojines. Leticia miró la mancha maloliente y pasó la mano por encima, pero no dijo nada.

Antes de volver a casa se duchó y, con los ojos cerrados, mientras le caía el chorro de agua sobre la cara, valoró la posibilidad de no volver a verla. Hasta Rosi tenía mejor culo, sentenció. Se despidieron con un beso rápido en la puerta de su casa. El taxi demoraba más de lo habitual, por la manifestación, se excusó el conductor. Calculó que debía hacer poco tiempo que había anochecido. Finalmente, el coche se detuvo. Tamborileaba los dedos sobre el muslo mientras miraba aburrido por la ventanilla. A su izquierda, había un parque. Una mujer entró en él con uno de esos perros pequeños que él juzgaba absurdos vestido con una especie de jersey aún más insensato que el animal. Aún acertó a ver a un hombre de no mucha estatura que parecía arrastrado por unos cuantos perros antes de que el taxi por fin se liberara del atasco. Le dio todavía tiempo a leer los titulares del Marca y a revisar el correo electrónico. Nada interesante, ni en los deportes ni en su bandeja de entrada, resolvió.

Mientras se estaba quitando los calcetines sonó el teléfono. ¿Otra vez ella?, se quejó resoplando con fastidio. Sin embargo, no era Leticia, sino el señor Salas. Miró su reloj antes de responder, y le extrañó que el presidente llamara a esas horas, le parecía bastante inusual. Le dijo que, en honor al excelente trato personal que tenían, incluso de amistad, recalcó, prefería comunicarle si no cara a cara al menos sí con su propia voz, que la compañía no podía seguir contando con él, pese a su indudable valía, pero que era necesario reducir costes. Al colgar, le vinieron a la mente las tetas de la hija del señor Salas, Verónica, recordó en ese momento que se llamaba, aunque no sabía exactamente a qué universidad de Estados Unidos iría. Encendió la luz de la pecera, y reparó en que solamente se encontraba nadando en el agua a uno de los peces, el azul turquesa. Acercó la cara y buscó al desaparecido, y finalmente vio los restos del rojo en el fondo, despedazado. Con los dedos golpeó el cristal y por un momento imaginó que los trozos del cadáver también acudirían a su llamada. El pececillo azul se dirigió hacia allí. Torres giró el dedo describiendo círculos sobre el cristal. Metió la otra mano dentro de la pecera y, tras un par de intentos, logró apresarlo. El pez brincaba sobre su palma y le miró los ojos, que parecía que le estallaban dentro de su pequeña cara. Recordó haber leído que los peces no tienen párpados, ya que no les son necesarios debido a que el agua los limpia de impurezas. Volteó la mano y cayó al suelo. Se enmascaró la cara con las dos manos y sintió un olor a aguas corrompidas. El pez continuó con su baile enloquecido hasta que finalmente sus convulsiones fueron espaciándose cada vez más, hasta detenerse por completo.

miércoles, 16 de enero de 2013

Trilogía sucia animal I - Perros


Ramón se anilló como buenamente pudo al dedo meñique la correa de uno de los perros que debía sacar a pasear. Con la mano que le quedaba libre abrió la puerta de la verja y logró salir antes que los animales. Nunca había sacado a pasear un número tan elevado de canes: tirando como si fueran leones llevaba dos foxterriers, un yorkshire, un dálmata y un pitbull que cojeaba notablemente de una de sus patas. Para precisar más, Ramón no había sacado a pasear ni un puto perro en su vida. Jamás le habían agradado esos animalejos babosos que te muerden los bajos de los pantalones y te olisquean el culo. Sentía algo más de estima por los gatos, no mucha tampoco, para ser sinceros, pero al menos eran unos bichos más independientes.

Le había supuesto una sorpresa grata el comprobar que a sus cuarenta y cinco años largos todavía era capaz de conseguir un trabajo que la mayoría considera honrado. Ya estaba harto de ir rodando cuesta abajo por la vida, no quería bajo ningún concepto retornar a la cárcel. A Ramón le gustaba la calle, respirar el aire no almacenado entre los odiosos muros de la prisión, caminar con pasos demorados mientras el humo de su cigarrillo ascendía con pereza hasta diluirse en el aire. Sin embargo, ahora su paseo era muy distinto, en esta ocasión se veía obligado a detenerse cada vez que se cruzaba con un árbol para que los perros mearan en él, o bien el paseo azaroso que se había trazado segundos antes en su mente, como si su cabeza albergara un plano imaginario de la ciudad, se veía truncado si el yorkshire, que según le habían contado era sumamente libidinoso, captaba el aroma de una perra en celo.

Contó el número de patas de los animales, cinco por cuatro veinte, aunque una del pitbull estaba jodida. Él solo poseía dos, pero tenía inteligencia, mucha más que esa mierda de babosos, aunque en la mayor parte de su vida no la hubiese sabido aprovechar. Delante de él, una mujer rubia de treinta y tantos llevaba una perra arropadita por un minúsculo jersey de cuadros escoceses. Ella movía bien el culo, y su animal, a juzgar por la lengua jadeante de sus cinco machos, tampoco debía hacerlo mal. Entraron en el parque, ahora le resultaba sencillo manejar a los chuchos. Empezaba a oscurecer. Sus perros tiraban de él con fuerza, aunque Ramón lograba mantenerlos a su lado, él no era ningún enclenque. El ruido de la ciudad se iba antojando cada vez más lejano. Abrió la mano y los cinco perros se abalanzaron sobre la perrita. La rubia gritó. El primero en llegar fue el yorkshire, pero Ramón, mientras le arrancaba las bragas, vio que finalmente la cubrió el pitbull.

martes, 11 de diciembre de 2012

Igor Dolpoporov


Igor Dolpoporov posó encima de la manta a cuadros verdes y negros de la cama del hotel su bolsa de viaje. La abrió y comenzó a colocar escrupulosamente su neceser de aseo al lado del lavabo, sus pantalones anchos doblados sobre la silla y colgó sus camisas de colores imposibles en las perchas de alambre del armario. Cuando finalizó, en el interior de la bolsa tan solo restaba una pequeña caja de madera oscura donde guardaba la fotografía, un papelito de cuaderno escolar donde Irina había escrito con letras picudas y atemorizadas una dirección, y su pistola.

Entró en el cuarto de baño y abrió el grifo del agua caliente. Mientras se caldeaba, se aproximó a la ventana y apartó con la mano la cortina. Frente al hotel, un cine aún somnoliento anunciaba una película que él no podía distinguir desde la altura en la que se encontraba. Se duchó casi con rabia, a conciencia, frotándose fuertemente la cara y el cuerpo velludo, arrancándose los últimos vestigios del largo viaje en autobús, fatigando media Europa, malcomiendo de bocadillos de pan amargo y queso rancio. Al salir de la ducha limpió con el puño el vaho adherido al espejo y se afeitó con la maquinilla que había sacado de su neceser, poniendo especial cuidado al recortarse las patillas.

Dudó entre las dos camisas que había traído, y optó por la naranja con rayas azules. Bajó a la calle, y anduvo hasta llegar a un parque. Se sentó en un banco y encontró en un bolsillo de su abrigo un trozo de pan duro. Lo trituró entre sus dedos y observó cómo palomas y gorriones acudían a picotear las migas entre sus pies. Sonrió al ver que los gorriones eran más astutos y lograban agarrar los trozos más grandes de pan. Un perro se acercó a él y le acarició la cabeza. El animal, agradecido, móvia el rabo con alegría y descolgaba su lengua. Una joven bonita con una correa roja llegó hasta el banco y llamó al perro, que se alejó con un trotecillo gracioso. Igor y la chica se miraron y se sonrieron. Él se fijó en que tenía los dientes un poco grandes y algo amarillentos, pero sin embargo le siguió pareciendo guapa.

Igor Dolpoporov se levantó del banco y decidió salir del parque. La noche había comenzado a instalarse en aquella ciudad extranjera. Recorrió de manera inversa los pasos que había dado desde que salió  del hotel, aunque lo hizo más demorado. En algún momento dudó e incluso erró el camino, pero no le importó, quería saborear esa hermosa ciudad que era consciente de que no iba a volver a ver más. Al llegar a la puerta del hotel, se giró y se dirigió al cine. En ese momento, se dio cuenta de que en realidad era un teatro. Ya se había formado una pequeña cola frente a la taquilla. Por un momento dudó si entrar a ver la obra, pero con buen criterio desistió, lo consideró inútil ya que no iba a entender una palabra. Optó por acercarse a la vitrina y observar las fotos de la representación. Se divirtió unos minutos intentando adivinar cuál podía ser el argumento de la función. Los personajes iban vestidos de época y, no sabía cómo, habían introducido un coche antiguo en el escenario. Había una mujer sentada al volante y sonreía y saludaba con una mano. A Igor le pareció que esa actriz era muy guapa.

Se metió las manos en los bolsillos y regresó al hotel. Al llegar a la habitación, con no poca dificultad ordenó por teléfono una hamburguesa con huevos fritos y patatas. Pasados unos diez minutos entró el camarero con el pedido. Era un hombre de unos cuarenta y tantos años. No sabía calcular exactamente su edad, pero desde luego lo juzgó más joven que él. Tenía un bigote negro poblado y una inquietante calvicie asolaba su coronilla. Igor sacó de su bolsillo un billete y se lo ofreció. El camarero se lo agradeció con un gesto solemne de cabeza que hizo que las gafas se le escurrieran por la nariz. Cuando salió del cuarto, cogió del interior de la bolsa que había traído de equipaje la caja de madera y la puso al lado de la cama. Dobló la almohada aumentándola con un cojín verde, se descalzó haciendo palanca con sus pies y se recostó. Apoyó la bandeja sobre su regazo y comenzó a comer con las manos desnudas la hamburguesa. Sacó la pistola y apoyó la culata en una mano y el cañón con la otro, sosteniéndola como si fuera un bebé. Ese tacto helado le produjo una sensación de bienestar de la que era huérfano desde hacía bastante tiempo. La volvió a reintegrar casi con ceremonia en la caja y la tapó con una de las servilletas que el camarero le había traído con la comida. Encendió el televisor colgado en la pared frente a él y fue cambiando de canales con el mando a distancia hasta que encontró un programa de dibujos animados. Un ratón era perseguido por un gato negro y cada vez que parecía que iba a cazarlo, le ocurría alguna calamidad. Igor se reía del infortunio del gato mientras mojaba las patatas fritas en la yema del huevo.

Cuando terminó de comer, se limpió los labios dándose golpes enérgicos con una servilleta de papel. Con el teléfono aprisionado entre su hombro y la oreja, volvió a llamar para que recogieran la bandeja, mientras abría la caja de madera y depositaba la fotgrafía encima del plato sucio. Llamaron a la puerta y con una especie de gruñido invitó a que entrara el camarero. Al acercarse para coger la bandeja, vio en el plato la fotografía manchada en una esquina por la yema del huevo. En ella, Irina reía mostrando sus bellos dientes abrazada a un hombre maduro de gafas con bigote negro y algo calvo. El camarero dudó si coger la foto y levantó la vista hasta encontrarse con los ojos de Igor, que ya había sacado su pistola de la caja y se disponía a ahogarla con el cojín verde.

martes, 4 de diciembre de 2012

Stormy Monday

El reloj del coche iba atrasado, siempre lo había estado. Sus uñas raían la goma del volante mientras él vigilaba esta operación. Cambió de postura y algo crepitó en el bolsillo trasero del pantalón. Sacó el papel y lo exploró con las manos. Tantas veces lo había leído ya. Sólo una línea. Todo un folio para una línea. ¿Es que no tenía ningún sentido del ahorro? Hizo una bola con él y se dispuso a tirarlo, pero se le había pegado a la mano. Lo estrujó aún más y lo guardó en el bolsillo de la chaqueta.

Faltaban para que llegase ella veinte minutos, veinte horas, veinte años. ¿Qué iba a decir? Hola. Hola. ¿Qué tal estás? Bien, ¿y tú? Tirando. ¿Te has enterado de lo de mi mujer? No, ¿se fugó con el fontanero? No, no es eso, es que anoche metió la cabeza en el horno. Y, ¿qué iba a cocinar? A ella misma. ¡Ah!, y, ¿qué pasó? Nada, la muy tonta se dejó la puerta abierta y llegó una vecina; ¡dejarse la puerta abierta!, imagínate que nos roban. Ya te dije que Rebeca era muy descuidada. Y tú qué sabes, si no la conoces. Pero me lo imagino.

Un hombre mayor cruzó por delante del coche y se le quedó observando. Miró durante un segundo o quizás durante mil, y luego continuó su camino. Llevaba un periódico en el bolsillo del abrigo, parecía el ABC. Lo siguió con la mirada hasta que otro coche lo tapó y lo hizo desvanecerse. En la mirada del extraño estaban los ojos vidriosos de Rebeca. ¿Podría haber algún tipo de relación entre ellos? Tal vez le gusten las pelirrojas teñidas. Cuando salga del hospital los presentaré.

Eolo empujó una nube y dejó asomar el sol. La nube se enfadó y se puso gris. Un coche rojo aparcó detrás del suyo; por el retrovisor pudo ver una mujer que bajaba
de él. ¿Era ella? No, esta es mayor, además Ana no sabe conducir. La mujer pasó a su lado moviendo las caderas con firmeza y se metió en un piso a la derecha de la calle. A cada paso la falda subía unos centímetros y la rodilla asomaba intermitentemente. Giró la cabeza y miró hacia el coche, pero se le empañó la cara; después fue el vientre el que se puso borroso, y finalmente entró en la casa. El parabrisas empezó a motearse lentamente y el exterior se deformaba, haciéndose infinitamente pequeño, como una pesadilla. Alargó la mano para accionar los limpiaparabrisas y se encendió la radio. “La gente se preocupa de que el petróleo no suba unos duros. Pero cuando muchos soldados vuelvan a casa, encontrarán que sus esposas han muerto, pero los generales discutirán sobre los cardos de tomate que han destruido, los aviones que han derribado, los barcos que han hundido. Ya no quedan en el mundo valores que se”. Apagó la radio y se quedó mirando cómo el agua reptaba por el cristal. Encendió el limpiaparabrisas y los brazos mecánicos empezaron a despedirse de él. Las gotas volvían a salir del cristal y todo vuelta a empezar. Uno arriba,  dos abajo.

Cogió un kleenex y se sonó. ¿De quién serían esos kleenex? Los clímax, como decía Ana. Ana, ¿no crees que debemos dejarlo? ¿Por qué? No sé, es lo que se suele hacer, ¿no? ¿Metió la cabeza en el horno porque se enteró de lo nuestro? No sé, supongo que sí. ¿Ha muerto? No, ya te dije que llegó la vecina? Entonces no te dejó libre, sucio cabrón.

La lluvia repiqueteaba en el capó del coche. Toc, toc, toc. Adelante, ¿qué desea? Estar lejos de aquí. Váyase a Cataluña. Cataluña. Provincias: Barcelona, Tarragona, Leridita y Gerona. O mejor a Estambul. Sacó una cinta del porta-casettes y la puso. Empezó a sonar “Round midnight”. El saxo tenor se confundía con una dulce voz de niña, la voz de Friné que decía: ven, ven. Perdonadla, oh, Sabios Jueces, es demasiado bella. Jamás, sentenció Rebeca. Recordó los momentos en que había estado encima de ella, en cómo se le hinchaba una vena del cuello. Se la imaginaba ahora moviendo las caderas frinéticamente y oliendo a butano. Uno arriba, dos abajo. Cerró los ojos y se reclinó sobre el asiento. La oscuridad se hizo naranja y giró la cabeza para que todo volviese a ser negro. ¿Cuánto tiempo aguantaría con los ojos cerrados? ¿Cuánto tiempo aguantaría? Deseaba abrir los ojos y encontrarse lejos, en otro mundo, en otro tiempo, en otro todo. Abrió los ojos y vio los limpiaparabrisas diciéndole adiós, adiós sucio cabrón.

Tosió y metió la mano en el bolsillo para coger los caramelos. Al lado había un papel. Sacó un dulce y depositó el papel sobre el regazo. Sólo una línea. Sólo una maldita línea. Desenrolló el papel y lo leyó: “Tejo res. Ación.” Alisó el papel y descifró un agrietado “Te dejo libre. Adiós, sucio cabrón.” Adiós. ¿Cómo se enteraría? Un cabello, una vacilación, una mirada. ¡Ah!, Ana, no te conté lo mejor. Cuenta, cuenta. Pues resulta que cuando la encontraron estaba totalmente desnuda. ¿Para qué diablos haría eso? ¡Desnuda!, con lo gorda que está. Y tú que sabes si no la conoces. Pero me lo imagino. Desnuda, Adiós, sucio cabrón. Adiós, estúpida Ofelia butanera. Sweet dreams. Abrió la ventanilla y arrojó el papel como si fuese una flema. Maldita sea, ya se retrasa  cuarto de hora,  cuarto de vida. Le dije que era importante. Y lo es, ¿no? ¿Qué le voy a decir? Quiero dejarla, ¿no es cierto? ¿Por qué? Si Rebeca no hubiese hecho eso, ¿la dejaría? No creo. Entonces, ¿por qué? Ana es guapa, inteligente, agradable. Empezar de nuevo. Te dejo libre. Me queda aún más de media vida, más de media hora. Mañana también amanecerá, aunque siga siendo un lunes otoñal. Te dejo libre. El siglo que viene también amanecerá, aunque siga siendo un lunes otoñal. A la izquierda del ring, Ana; a la derecha, el hombre del ABC. Para el ganador del combate, una bombona de butano. Adiós, sucio cabrón. La tos reacudió y la garganta le escocía terriblemente. En ese momento recordó la lata de Coca-Cola que siempre guardaba su mujer en la guantera. La abrió, arañándose con la anilla. Coño. Qué caliente está. ¿A qué sabrá el butano? Desnuda. Ofelia ahogada en butano y Hamlet muerto por una anilla de Coca-Cola envenenada. Descansen en paz. R.I.P.

Miró por el retrovisor y vio acercarse a una mujer. Ana. Te dejo libre. Es guapa, inteligente, agradable. Dios mío, es casi una niña. Te dejo libre. Sólo una jodida línea. Mañana también aquí será otoño, pasado será invierno y al otro otoño, y todo vuelta a empezar. Nunca será aquí primavera. Quizás lejos. El reloj del coche está atrasado, lo pondré en hora. Ya podía ver el rostro de Ana por el retrovisor. Nariz un poco larga. Desnuda en el suelo. Cabrón. Adiós, Ofelia, sweet dreams. Adiós, sucio cabrón. Maldita zorra. Adiós. Adiós, mi pequeña Friné. Arrancó el coche. Uno arriba, dos abajo. Adiós. Pisó el acelerador y se perdió por la izquierda de la calle. Uno arriba, dos abajo.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Llego tarde


Cuando abrí los ojos, lo primero que me sorprendió fue ver en el techo un ventilador en el que sus aspas giraban lenta pero concienzudamente. Tenía la ropa puesta, unos pantalones vaqueros y una camisa con diminutos cuadros rojos y negros a medio abrochar, dejando escapar los vellos del pecho. Me resultó raro llevar esas prendas puestas ya que, descontando que en días de calor suelo dormir desnudo, esa ropa no me pertenecía. Giré la cabeza a la izquierda y vi el resto de la cama vacía, con las sábanas arrugadas y un tanto sucias. Al otro lado, sobre la mesita de noche se extenuaba un cenicero atosigado de colillas y un reloj despertador que con dificultad anunciaba que eran las tres y diez. Supuse que serían las tres de la tarde y no las tres de la mañana, ya que por la persiana mal cerrada la habitación se veía invadida por los rayos de un sol que prometía ser castigador. Todo lo que veía me parecía sumamente extraño, pues no reconocía ninguno de los objetos de esa habitación. Una lámpara en el techo encerrada por una especie de farolillo chino de color anaranjado, un póster con una foto grande de Marilyn que lanzaba un beso rúbeo desde la pared, una estantería de cuatro baldas repleta de deuvedés. No tenía ni idea de dónde me encontraba. Por un instante, pensé que la noche anterior, propiciado por las innumeradas copas que había bebido, me había conducido a la casa de alguna chica. Lamenté no recordar eso con precisión. Un ambientador colocado sobre las peículas bufó desde su atalaya y un olor dulce y picante se instaló sobre la cama. Me incorporé y trastabillé un poco cuando comencé a andar. Me dolía terriblemente la cabeza. Di por imposible localizar unas zapatillas en ese desconocido dormitorio y salí de la habitación. Frente a mí, me tropecé con un pasillo en donde bostezaban dos puertas semiabiertas, en lugar del abismo de una escalera que conducía a la planta de abajo que hubiera debido encontrar si estuviera en mi casa. Quería ir al baño, pero desconocía dónde se ubicaba. Asomé la cabeza por la primera puerta y me alegré al ver que se trataba del servicio. Antes de orinar, abrí el grifo y me abofeteé con agua fría. Me froté la cara con energía con la palma de las manos. Al levantar la cabeza me miré al espejo que había sobre  el lavabo. Me aterroricé al ver que el hombre que tenía frente a mí, con unos ojos de un violento azul, no era yo. En la cabeza se había reproducido con promiscuidad un pelo alborotado y rizado de color castaño. Un pequeño aro plateado anillaba el lóbulo derecho de la oreja. Una nariz puntiaguda sojuzgaba la totalidad del rostro. No sabía qué hacer ni cómo reaccionar ante ese descubrimiento. La urgencia por mear me concedió una mínima tregua. Regresé al dormitorio mientras iba extinguiéndose el sonido de la cisterna hasta que sucumbió en un siseo agotado. Sobre la mesita de noche había una cartera. La abrí y me encontré con un par de billetes de veinte euros y diversos papeles. Extraje el DNI y lo contemplé durante unos segundos. Luis Jesús Monsalve Dorado. No supe si debía sentirme aliviado al ver mi nombre escrito en ese documento, con todos los datos exactos acerca de nacionalidad y fecha de nacimiento, ya que en la esquina inferior derecha, con ese aspecto patibulario de las fotos de carné, el rostro que me miraba fijamente no era el mío, sino la de aquel hombre que me había observado momentos antes desde el espejo del baño. Intenté recordar cosas sobre mí mismo, y de repente, lo único que me venía a la mente es que había quedado esa tarde. Me desconcerté pensando que tal vez, no estaba seguro, Cayetano no fuera amigo mío sino de aquel extraño individuo en el que parecía haberme convertido. Solamente sabía que llegaba tarde.

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